Leer la Divina Comedia en Florencia


1. Lo vívido de Dante y de El Bosco. Destaca Borges en su admirable ensayo “La Divina Comedia” lo vívido de la obra del florentino. Y es precisamente este uno de los aspectos que más me fascinan del poema: la presencia persistente de lo sensorial. Así cuando atravesamos la puerta cuyo dintel avisa: “Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza”, bajo la capa de Dante y Virgilio, lo primero que se conoce del Infierno son los gritos, los lamentos, las blasfemias de los allí condenados, luego ya viene la vista o el tacto… Son estos detalles y matices los que le dan al poema una vitalidad insuperable, pinceladas pequeñas de un enorme cuadro inquietante. Virgilio prefiere no hablarle mucho a Dante de ellos y lo despacha discretamente con un “míralos y pasa” (“ma guarda e passa”). Por los ojos de Dante veo detalles que me llaman la atención y que no logro entender: “… vi una bandera (“insegna”) que ondeaba corriendo con tal rapidez que parecía desdeñar cualquier reposo. Detrás de venía tan gran muchedumbre de personas, que nunca hubiera creído que a tantos hubiera destruido la muerte”. ¿Qué clase de “insegna” es esa? ¿Quién la lleva? ¿Qué significa? ¿Por qué corre? ¿Un ejército de condenados…? Extrañamente siento haber visto antes esa bandera y trato de recordar dónde. Busco en el trastero de la memoria hasta tropezar con el tríptico de “El jardín de las maravillas” de El Bosco, que preside el salón de la humilde morada florentina en la que habito. En el panel derecho, dedicado a “El Infierno”, en la parte central encontré el detalle que buscaba…

Imagen tomada de las digitalizaciones de Google del “Museo del Prado”.

Probablemente El Bosco no leyó La Divina Comedia, escrita casi dos siglos antes, pero que fue varias veces impresa en vida del pintor (Venecia: Octaviano Scoto da Monza, 1484; Brescia: Boninum de Boninis, 1487; Venecia: Vicente Benalius, 1492). La idea, aún en el territorio de la ficción, no deja de ser sugerente. En cualquier caso, la visión del poeta expresada en los vv. 52-54 del “Canto III” y esa zona central del panel de “El Infierno” de El Bosco parecen guardar una secreta relación que solo logro intuir. Cabe la posibilidad, utilizando los principios de la crítica ecdótica, de construir un estema estético en el que tanto el poema como el cuadro se remontan a un mismo testimonio, a una misma atmósfera, a ese resbaladizo eslabón entre la Edad Media y el Renacimiento.


(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El correo. Me escribe Jean Marie un correo electrónico un tanto desalentador, que no transcribo por decoro, en el que viene a decirme que esto de comentar las lecturas de Dante en un blog es un ejercicio un tanto impertinente, de intelectualoide, o de erudito imberbe. Me pregunta si conozco toda la bibliografía y todos los comentarios que durante siglos ha suscitado la obra de Dante. Pronostica que no pasaré del “Infierno” con estas anotaciones y se compadece de mi vocación “estéril”.

Jules Asimov

2. ¿Cómo leer? Me asomo a La Divina Comedia dudando a cada paso, de lo que leo, de lo que entiendo, de las traducciones. Leo o releo un “Canto”, vuelvo atrás, empiezo de nuevo, avanzo, busco cómo se traduce la palabra “mente” en los distintos contextos del “Infierno” para convencerme de que en el v. 8 del Canto II ha de entenderse ‘memoria’, desisto. Voy leyendo en español pero a cada paso interrumpo la lectura para ver el italiano, por poco que uno conozca la lengua de Dante no puede dejar de pronunciar algunas palabras, fijarse en las líquidas, en la profusión de íes… Es que no es lo mismo leer: “od ombra od omo”, que “sombra u hombre”, es que leo en una “selva selvaggia” y no me fío de las traducciones y las cotejo cuando el texto se oscurece…, ¿es mejor la lectura en verso o en prosa? Consulto las distintas versiones en “El libro total”. Sé bien que es caótico, que así la lectura se eterniza. No me importa. Es mi forma de entender, de leer el poema.

3. Borges y La Divina Comedia. Recuerdan en el Trópico la pasión de Borges por La Divina Comedia y sus ensayos (Siete noches y Nueve ensayos dantescos) y allí rescatan algunas de sus reflexiones. En esta estancia sin biblioteca prácticamente, rastreo por Internet algo que calme mi curiosidad, y encuentro finalmente el ensayo Siete noches con el artículo La Divina Comedia. Convencido de que las condiciones en las que se produce la lectura influyen en la comprensión del texto, iba a transcribir el fragmento en el que el maestro argentino explica cómo descubrió a Dante, pero tal vez sea mejor escucharlo directamente:

Fragmento del audio de la conferencia pronunciada por Borges el 1 de agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, publicada con el título “La Divina comedia” en Siete noches (1977). Audio procedente de Borges literal (Buenos Aires, Ed. Umbriático, 2007). III, 228-229)

Pero Borges era dado a la fabulación continua, a la automitificación, y es curioso ver que cuando los críticos se asoman a sus textos más biográficos se encuentran con la impostura, la invención a cada paso. Si Borges inventaba su propia vida en sus textos de carácter más biográfico como armadura de su verdad no lo sabemos y ardua es la tarea de aquellos que lo intentan. Vea el curioso lector las vueltas que Francisco J. Rodríguez Risquete le da al primer encuentro de Borges con La Divina Comedia en su artículo “Borges, fervor de Dante”, cotejando diversos testimonios de un supuesto “desmemoriado” Jorge Luis Borges. Pero ya estoy perdiéndome otra vez en esta selva…

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. Memoria. El arranque del “Canto II” es el verdadero inicio del Infierno, como marcan claramente los vv. 1-9. Aquí junto a la tópica invocación de ayuda a las musas, el poeta pide también: “o mente che scrivesti ciò ch’io vidi, / qui si parrà la tua nobilitate”, que Nicolás González Ruiz traduce como: “¡Oh mente que escribiste lo que vi! Aquí se advertirá tu nobleza”. Pero en este punto parece que la traducción está deturpada. Basta con cotejarlo con la versión de Luis Martínez Merlo (que recomiendan en los comentarios): “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”. Y es que no es lo mismo mente que memoria, y no es este un error baladí. De su importancia bien habla T. Rodríguez aquí.

Lector que te internas en la “selva selvaggia” de La Divina Comedia no te fíes de lo que lees. A cada paso mira con qué pie pisas los tercetos, porque la “diritta via” del sentido es “smarrita” con frecuencia en todo traslado…

2. Eres sabio…: A pesar de todo la versión en prosa de N. González Ruiz permite una lectura más cercana al pensamiento del original, con más matices, como en el verso 36: “se’savio; intendi mei ch’i’non ragiono”, que traduce magníficamente: “Tu eres un sabio: entiende lo que no acierto a decir”, matiz que se pierde o modifica en la versión de L. Martínez Merlo “eres sabio; ya entiendes lo que callo”, o que desaparece pedestremente en la de Bartolomé Mitre: “bien lo alcanza tu sabia perspicacia”. Y qué importante es el matiz en Dante, porque en este pasaje el poeta italiano le habla de rodillas a Virgilio, preguntándole si es digno de ser guiado por él. Al mismo tiempo esta definiendo al hombre sabio: entender aquello que ni siquiera se expresa con propiedad o razón.


William Blake, ilustración del final del Canto II,
cuando Dante y Virgilio “intrai per lo cammino alto e silvestro”.

3. ¿El temor de Dante es el “temor de Dios”? En su respuesta, Virgilio le explica, con un elegante circunloquio, que su alma “ha sido atacada por la cobardía”, y le cuenta cómo ha sido Beatrice quien le ha enviado para ayudarle. En su conversación con la “mujer virtuosa”, Virgilio le pregunta por qué no ha tenido miedo de bajar hasta el Infierno para avisarlo. La respuesta de Beatrice me parece muy hermosa, una verdadera arenga a Dante, a través de las palabras de Virgilio, un pensamiento tan vigente y certero que podría repetirse como un mantra para espantar el temor, las dudas y el pavor: “Se han de temer tan sólo aquellas cosas que puedan dañar al prójimo; las demás no, pues no dan miedo”. Me pregunto si esta afirmación, leída en el contexto cristiano dominante de La Divina Comedia, no roza lo herético, porque ¿dónde está el “temor de dios”? Claro que todo depende de cómo se quiera entender: “El temor de Dios es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13).

Lector que hasta aquí llegas, no pierdas la “diritta via”
y sigue el commento de La Divina Comedia
en el Trópico de la Mancha.

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El primer verso. El cincelado verso en bronce que inicia La Divina Comedia, “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”, siempre me llamó la atención porque ¿cómo saber cuál es la mitad de la vida? ¿O es que la mitad de la vida se mide en unas coordenadas no temporales? Este verso me evoca una cita de una obra de Nietzsche que no he conseguido recuperar, pero que el propio filósofo viene a repetir en una carta a su amigo Peter Gast el 11 de septiembre de 1879: “Estoy llegando al final de los treinta y cinco años, a la ‘mitad de la vida’, según se ha venido refiriendo uno a esta edad durante mil quinientos años. A esa edad tuvo Dante su visión, como recuerda en las primeras palabras de su poema. Ahora yo estoy en la mitad de la vida, pero tan circundado ‘por la muerte’, que ésta podría atraparme en cualquier momento”. Aunque la idea tal vez sea más antigua de lo que pensaba F. Nietzsche (Salmos 90:10: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…”). En cualquier caso, ambos rondaban los treinta y cinco años cuando escribieron estas palabras, Dante vivió poco más de veinte años, Nietzsche unos diez; los dos se encontraban probablemente en el mejor momento de sus vidas en esa mitad del camino.

Hoy, sin embargo, treinta y cinco años es la edad límite que establecen muchos concursos y premios literarios…

2. Ubi? La crítica considera que el “Canto I” es, en realidad, una introducción a las tres partes de La Divina Comedia. Es en este inicio donde Dante intenta explicar dónde se encuentra. La lectura más común del pasaje opone a la “selva oscura”, alegoría del pecado y del vicio, el monte o la cumbre, “aureoleada ya por los rayos planeta [= sol / Dios]”, que encarna la vida virtuosa. Parece sencillo, pero es una lectura (justa y plenamente cristiana) que se queda en el primer peldaño del simbolismo de la obra. No pretendo ahora hacer aquí sutiles disquisiciones y rebuscadas o sesudas interpretaciones; me basta con quedarme al pie de la escalera y contemplar maravillado todo lo que intuyo y no alcanzo a ver…

El poeta, que habla en pasado, parece recordar como ha sido su vivencia en esa selva, y quiere contar lo que vio (v. 7: “dirò de l’altre cose ch’io v’ha scorte”), al mismo tiempo que ese recuerdo se mezcla con el sueño (v. 11: “tant’era pieno di sonno a quel punto”). De manera que si por una parte parece salir (o entrar) en una “selva oscura” (o “selva selvaggia”), por otra se encuentra “al pie de una colina donde terminaba aquel valle” (vv. 13-14), y al poco sigue caminando por una playa (v. 29: “ripresi via per la piaggia diserta”), después de haber desarrollado un par de metáforas acuáticas para explicar el miedo que siente (vv. 19-20: “…se calmó un poco el miedo que había agitado el lago de mi corazón” y vv. 22-25: “Y lo mismo que aquel que ha logrado salir […] del piélago a la orilla, se vuelve a mirar el agua llena de peligros, así mi espíritu…”. ¿Qué oscuro lugar es este en realidad?

3. Virgilio. Tras ser acorralado por las tres fieras alegóricas (la pantera o la lujuria, el león o la soberbia, la loba o la avaricia), el poeta encuentra en el “vasto desierto” una figura humana a la que implora misericordia: “¡Ten piedad de mí, quienquiera que seas, hombre o sombra!” (vv. 65-66). Comparto el asombro de T. Rodríguez por esta forma de introducir a Virgilio, claro que en la traducción se pierde la aliteración y el anudamiento forma y contenido del italiano y la casi igualdad entre sombra/hombre: “od ombra od omo”. La respuesta de Virgilio no deja de ser también enigmática, pues acaba definiéndose por negación “No soy hombre. Hombre fui” (v. 67).

Son interesantes las reflexiones de Alejandro Oliveros en su Diario literario 1999 (pág. 95 y ss.) en torno a las razones que llevaron a Dante tomar a Virgilio de guía y no a Homero.

Botticelli ilustra el “Canto I”.

Es recomendable ver el pequeño comentario de sobre la imagen que se hace en este blog.

4. Así habló Zaratustra. El “Canto I” me conduce hasta el inicio de Así habló Zaratustra. Parece que Nietzsche, que conocía bien La Divina Comedia, quiso imitarla a su manera, poética y simbólica, en el “Prólogo de Zaratustra”:

“1. Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, – y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.

[…] ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.

Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!

[…] ¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»

- Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

2. Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra…”

“Prólogo de Zaratustra” en Así habló Zaratustra (1883-1885) de Friedrich Nietzsche.

[1] Cfr. el prólogo de Manuel Barrios Casares, “Nietzsche: la crítica de la metafísica como curvatura de la ilustración”, en Humano, demasiado humano: un libro para espíritus libres, Madrid, Akal, 2007, p. 8, en nota.

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