I

Hace diez años anoté: “Voy a escribir una novela para evitar matar a un hombre”. Por entonces yo no tenía a nadie a quien matar, así que guardé la frase en el cajón y la dejé para otro momento. La idea me ha perseguido de forma intermitente desde entonces: escribir una novela para poder llevar a cabo en ella algo que en la realidad no es posible (o no es legal o es éticamente reprobable). Esto basta como razón para que cualquiera pueda lanzarse a escribir. Escribir una novela es la creación de un nuevo mundo y el escritor su Dios.

Vuelvo ahora a la idea pero esta vez con un propósito pedagógico casi: “Voy a escribir una novela para ayudar a alguien a escribir una novela”. Escribir para ayudar desde la ficción a A., porque tal vez no pueda hacerlo en la vida real. Escribir para hacer cosas con palabras, escribir como el único espacio en el que uno puede encontrar la libertad más completa, caprichosa, delictiva, cruel y verdadera.

Encuentro estas líneas escritas en mi cuaderno de trabajo porque tras su marcha Tomás me dejo una estela de palabras que esparció por la habitación, por el pasillo, hasta las escaleras del Colegio, y luego de manera más interrumpida las fui reencontrando en algunas de las calles por las que había paseado con él. A la mañana siguiente a su marcha tomé el cuaderno azul y humilde de la tienda de los chinos y corrí al segundo piso de la Shakespeare & Company para sentirme como uno esos bohemios de los que tanto me habló él. [“Del lugar de la escritura” sería un buen epígrafe para un manual de cómo escribir novelas, pero ya habrá tiempo de hablar de ello si hay fuerzas].

Andaba en la parte delantera de la librería desde muy temprano, sentado en un sofá y mirando por la ventana. Al fondo, la catedral de Notre-Dame despertaba con el cotidiano asalto de los turistas, al mismo ritmo que la librería iba siendo atosigada por más y más turistas y curiosos, todos iguales en el fondo por muy distintas que fueran sus procedencias.

En un momento dado una señora de formas horondas, con una palidez casi enfermiza que he visto de manera especial en el Reino Unido, se sentó en el otro lado de la habitación y comenzó a rebuscarse en el bolso. Sacó un trozo de papel y escribió en él unas líneas, lo dobló y volvió a levantarse. Iba con el papelito en la mano mientras recorría con la vista los lomos de algunos libros, abría algunos y los hojeaba poco tiempo. Yo la miraba de soslayo, medio encogido, haciendo como que estaba esperando recibir los dictados de una musa. En un momento dado cerró de golpe un ejemplar, lo colocó en su sitio y corrió hacia las escaleras. Traté de volver a mi embargo natural, pero no conseguía sacar una línea. El lugar comenzó a llenarse de más y más turistas y la experiencia literaria pretendidamente bohemia y decadente comenzó a hastiarme. Me resultaba estúpido escribir en un lugar en el que no había la más mínima intimidad. ¿Con qué ánimo se sentaba uno en un rincón así, asediado por continuas miradas de pasajeros curiosos e insensibles que te escrutan como una criatura enfermiza y se asoman a tu cuaderno como el que busca encontrar un diamante hecho frase?

Pasadas unas horas lo único que se había escrito en aquella habitación en toda la mañana había sido aquel papelito de la señora horonda. ¿Quién sabe si no lo había dejado escondido por allí? Me propuse buscarlo para despejar más la frustración de la agrafía que la curiosidad. Uno a uno fui revisando los libros del último estante en el que anduvo. [Aquí un escritor tipo Vila Matas haría relación de autores y títulos que conoce y encuentra en la biblioteca, comenzaría a enumerarlos, comentarlos, a recordar tramas y establecer interrelaciones; un tipo como Borges reflexionaría sobre los gustos literarios del pequeño dios que había organizado o determinado el orden de aquella biblioteca; yo, como carezco del ingenio de ellos y de las lecturas suficientes, omito hacer aquí disquisiciones de esta índole]. Me limité, entonces, a ir libro por libro, casi quitando el polvo con las manos, buscando el papelito. ¿Quién me mandaba a mí a meterme en esta peregrina búsqueda cuando debería estar desentrañando la alta literatura de don Luis de Góngora? Al fin apareció la nota escrita [aquí vendría el escritor cursi a apuntillar con esmero descriptivo “y aún tenía la tinta fresca”] y esto es lo que decía:

“Mi corazón busca admiración y cariño a cambio de protección, fidelidad, entrega, paternalismo, guía ante las adversidades, Patronio”.

II

[El texto precedente bien podría ser un micro relato. Comienza con la transcripción de una supuesta anotación en un cuaderno que recoge una antigua y obsesionante cita y acaba con la misteriosa nota escondida de una mujer horonda. Un texto dentro de otro texto en un macro texto con un principio y un final circular. ¿Pero qué relación puede haber entre la primera y la última? Ahí hay toda una novela para quien sepa verlo y otra para quien quiera escribirla.]

Jules Asimov (finales de septiembre de 2014)

 

Hace unos meses una dulce aragonesa de acento gallego me preguntaba si seguía escribiendo. Me miró incrédula cuando traté de convencerla de que hacía mucho tiempo que no enlazaba palabras si no era para escribir un artículo o un correo electrónico. Luego vino la indagación y mi ejercicio de autojustificación. Recurrí al descreimiento pasado, pero también añadí nuevas razones.

Por culpa de aquellas viejas notas me hallé hace unos días en la entrada del 3 de junio de 2010 de Ars vivendi de T.R.R. y, por un momento, me contemplé con vanidad como un personaje literario. Sonreí pensando cómo identificaría el futuro editor de sus Obras completas aquella alusión escondida de “el diario italiano de un amigo”. La lectura del pasaje aconteció mientras esperaba precisamente la llegada del autor en el aeropuerto, azarosa conjunción astral que callé para custodiar mejor su peregrina belleza.

Al día siguiente, a la salida de la iglesia de San Eustaquio, volvió a salir la cuestión palpitante de una forma tangencial. Entonces, como cuando departí con la dulce aragonesa en la Porte d’Orléans, expliqué mi angustia por vivir sin la libertad necesaria para poder escribir. La razón puede parecer cuanto menos disparatada, pero la asumo con una certeza abrumadora. Cuando uno vive asido a un madero, a la merced del agua y del viento o, por decirlo en estupenda y castellana fórmula de Mme. B., cuando uno “no tiene donde caerse muerto”, no puede tomarse determinadas libertades y escribir aquello que le plazca, a menos que quiera correr el riesgo de arder en alta mar.

Hoy por hoy nada me inspira un poema, ni este vivir en el hilo, cual equilibrista, me anima a buscar más belleza que la de la propia supervivencia, la constancia y la paciencia en la adversidad. Por esa razón por el momento callo y procuro contener el runrún que desde hace tiempo me viene arengando la sangre:

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises, o amenaces miedo…

Jules Asimov

Unamuno ofrecía algunos rasgos físicos e intelectuales comunes con Valle-Inclán. El vasco tenía el cráneo pequeño y la frente huida; un tipo como de ave de rapiña. La cabeza de Valle-Inclán era alta, como una casa estrecha de muchos pisos. En Galicia, entre la gente del pueblo, vi que era abundante este tipo de cabeza. En parte, a los dos les pasaba algo parecido; dominaba en ellos un sentido efectista y teatral. Unamuno tenía una voz bastante aguda, y Valle-Inclán también. (Pío Baroja, Galería de tipos de la época, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997, p. 131).

El fragmento se encuentra en el epígrafe XV de la tercera parte de Galería de tipos de la época (1947) titulada «Escritores, bohemios y políticos». Pío Baroja hace allí un retrato de Miguel de Unamuno (y de su puntual relación con él) que al más entusiasta lector del escritor bilbaíno dejará desengañado a poco que confíe en la sinceridad de don Pío, pues un Miguel de Unamuno soberbio, egotista, prepotente se bosqueja en esas páginas. Un humor corrosivo destila el cotejo antropológico de las cabezas de Unamuno y Valle-Inclán, enmarcadas en esas comparaciones: «ave de rapiña…», «casa estrecha…», como si la forma de la testa determinara por naturaleza un comportamiento, un «sentido efectista y teatral», un determinismo racial casi…

José Agustín Balseiro, en la Obra selecta que realiza de Pío Baroja, reproduce también este fragmento, pero elimina la alusión al pueblo gallego. Desafortunada mutilación. Eduardo Gil Bera, en su biografía Baroja o el miedo (p. 193) habla de esta afición médica de Baroja por las cabezas de sus parroquianos, pero Googlebook solo me deja ver dos líneas.

* * *

El psiquiatra tiene el cráneo pequeño y sería muy esférico si la frente no se proyectase hacia adelante como un escalón. Desde que supo que hace tiempo escribía se ha empeñado en que vuelva a intentarlo. Así que lo poco o nada que haga aquí se lo debo a partir de ahora a él. Y me ha dado libertad para llevar la máscara que quiera.

Jules Asimov

Annette ha descubierto que hablo solo. Nada nuevo en realidad para mí, salvo que se ha dedicado a estudiar el hábito, sus variaciones temáticas y frecuencias. Ahora, por ejemplo, sé que por las mañanas canto si he dormido bien o me enfrento al día con cierto entusiasmo. Me invento las rimas sobre la marcha y le aplico el sonsonete de alguna canción conocida. Al mediodía, cuando comemos con las noticias, usurpo el discurso al desfile de políticos y deportistas que pasan por el telediario para parodiar sus palabras o para decir aquello que creo que en realidad piensan pero callan. Invento un Rubalcaba, por ejemplo, que confiesa sus enredos o un Guardiola que defiende la independencia de Cataluña…

A veces las tardes me las paso murmurando. Annette me riñe desde la otra habitación y me pregunta con quién estoy hablando. Ella no puede entender que comprendo mejor el mundo cuando me desdoblo y me pregunto y respondo. Pero lo que yo no sabía era que también hablaba en sueños. Anoche, al parecer, estuve dando una conferencia sobre unos extraños hongos que se alimentan del papel de los libros antiguos y hace tres días mantuve lo que parecía una discusión en un inglés balbuceante e incomprensible. Lo que pienso y hablo y no escribo va rellenando huecos de silencio.

Jules Asimov

Me propuse dejar esta Maleta de libros exclusivamente para ellos, pero ha sido tan grande la mordaza del tiempo y el peso de la ignorancia… Ahora creo que he ido tascando la necesidad de escribir y de decir, refrenado todo por la brida del pudor y la vergüenza, por el respeto a un silencio autoimpuesto. Pero ahora que la edad va dejando de ser mera apariencia para calarse hasta los huesos y que la sombra de Andrés Hurtado se propone alcanzarme, voy a dejarme decir.

* * * * * * *

Hace tres meses hice esa foto porque por un momento me sentí, o quise ser, tal vez, como ese árbol, iluminado aún, por poco tiempo, pero rodeado, sumergido por completo, en las sombras.

 

Jules Asimov

1. Lo vívido de Dante y de El Bosco. Destaca Borges en su admirable ensayo “La Divina Comedia” lo vívido de la obra del florentino. Y es precisamente este uno de los aspectos que más me fascinan del poema: la presencia persistente de lo sensorial. Así cuando atravesamos la puerta cuyo dintel avisa: “Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza”, bajo la capa de Dante y Virgilio, lo primero que se conoce del Infierno son los gritos, los lamentos, las blasfemias de los allí condenados, luego ya viene la vista o el tacto… Son estos detalles y matices los que le dan al poema una vitalidad insuperable, pinceladas pequeñas de un enorme cuadro inquietante. Virgilio prefiere no hablarle mucho a Dante de ellos y lo despacha discretamente con un “míralos y pasa” (“ma guarda e passa”). Por los ojos de Dante veo detalles que me llaman la atención y que no logro entender: “… vi una bandera (“insegna”) que ondeaba corriendo con tal rapidez que parecía desdeñar cualquier reposo. Detrás de venía tan gran muchedumbre de personas, que nunca hubiera creído que a tantos hubiera destruido la muerte”. ¿Qué clase de “insegna” es esa? ¿Quién la lleva? ¿Qué significa? ¿Por qué corre? ¿Un ejército de condenados…? Extrañamente siento haber visto antes esa bandera y trato de recordar dónde. Busco en el trastero de la memoria hasta tropezar con el tríptico de “El jardín de las maravillas” de El Bosco, que preside el salón de la humilde morada florentina en la que habito. En el panel derecho, dedicado a “El Infierno”, en la parte central encontré el detalle que buscaba…

Imagen tomada de las digitalizaciones de Google del “Museo del Prado”.

Probablemente El Bosco no leyó La Divina Comedia, escrita casi dos siglos antes, pero que fue varias veces impresa en vida del pintor (Venecia: Octaviano Scoto da Monza, 1484; Brescia: Boninum de Boninis, 1487; Venecia: Vicente Benalius, 1492). La idea, aún en el territorio de la ficción, no deja de ser sugerente. En cualquier caso, la visión del poeta expresada en los vv. 52-54 del “Canto III” y esa zona central del panel de “El Infierno” de El Bosco parecen guardar una secreta relación que solo logro intuir. Cabe la posibilidad, utilizando los principios de la crítica ecdótica, de construir un estema estético en el que tanto el poema como el cuadro se remontan a un mismo testimonio, a una misma atmósfera, a ese resbaladizo eslabón entre la Edad Media y el Renacimiento.


(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El correo. Me escribe Jean Marie un correo electrónico un tanto desalentador, que no transcribo por decoro, en el que viene a decirme que esto de comentar las lecturas de Dante en un blog es un ejercicio un tanto impertinente, de intelectualoide, o de erudito imberbe. Me pregunta si conozco toda la bibliografía y todos los comentarios que durante siglos ha suscitado la obra de Dante. Pronostica que no pasaré del “Infierno” con estas anotaciones y se compadece de mi vocación “estéril”.

Jules Asimov

2. ¿Cómo leer? Me asomo a La Divina Comedia dudando a cada paso, de lo que leo, de lo que entiendo, de las traducciones. Leo o releo un “Canto”, vuelvo atrás, empiezo de nuevo, avanzo, busco cómo se traduce la palabra “mente” en los distintos contextos del “Infierno” para convencerme de que en el v. 8 del Canto II ha de entenderse ‘memoria’, desisto. Voy leyendo en español pero a cada paso interrumpo la lectura para ver el italiano, por poco que uno conozca la lengua de Dante no puede dejar de pronunciar algunas palabras, fijarse en las líquidas, en la profusión de íes… Es que no es lo mismo leer: “od ombra od omo”, que “sombra u hombre”, es que leo en una “selva selvaggia” y no me fío de las traducciones y las cotejo cuando el texto se oscurece…, ¿es mejor la lectura en verso o en prosa? Consulto las distintas versiones en “El libro total”. Sé bien que es caótico, que así la lectura se eterniza. No me importa. Es mi forma de entender, de leer el poema.

3. Borges y La Divina Comedia. Recuerdan en el Trópico la pasión de Borges por La Divina Comedia y sus ensayos (Siete noches y Nueve ensayos dantescos) y allí rescatan algunas de sus reflexiones. En esta estancia sin biblioteca prácticamente, rastreo por Internet algo que calme mi curiosidad, y encuentro finalmente el ensayo Siete noches con el artículo La Divina Comedia. Convencido de que las condiciones en las que se produce la lectura influyen en la comprensión del texto, iba a transcribir el fragmento en el que el maestro argentino explica cómo descubrió a Dante, pero tal vez sea mejor escucharlo directamente:

Fragmento del audio de la conferencia pronunciada por Borges el 1 de agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, publicada con el título “La Divina comedia” en Siete noches (1977). Audio procedente de Borges literal (Buenos Aires, Ed. Umbriático, 2007). III, 228-229)

Pero Borges era dado a la fabulación continua, a la automitificación, y es curioso ver que cuando los críticos se asoman a sus textos más biográficos se encuentran con la impostura, la invención a cada paso. Si Borges inventaba su propia vida en sus textos de carácter más biográfico como armadura de su verdad no lo sabemos y ardua es la tarea de aquellos que lo intentan. Vea el curioso lector las vueltas que Francisco J. Rodríguez Risquete le da al primer encuentro de Borges con La Divina Comedia en su artículo “Borges, fervor de Dante”, cotejando diversos testimonios de un supuesto “desmemoriado” Jorge Luis Borges. Pero ya estoy perdiéndome otra vez en esta selva…

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