Quería que este fragmento de Aurora (1881) de Friedrich Wilhem Nietzsche encabezara esta primera entrada, como una declaración de principios, la reivindicación de una disciplina arrinconada, o una definición de aquello a lo que me dedico…

 

“[…]

Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco años que seis? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo, y tal vez lo siga siendo. La palabra “filólogo” designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud.

Por esto precisamente resulta hoy más necesaria que nunca: precisamente por esto nos seduce y encanta en esta época nuestra de trabajo, esto es, de precipitación que se consume con una prisa indecorosa por acabar pronto todo lo que emprende, incluyendo el leer un libro, ya sea antiguo o moderno.

El arte al que me estoy refiriendo no logra acabar fácilmente nada; enseña a leer bien, es decir, despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos, con unos ojos y unos dedos delicados. Pacientes amigos míos, este libro no aspira a otra cosa que a tener lectores y filólogos perfectos. ¡Aprended, pues, a leerme bien!

Alta Engadina, otoño de 1886

 

Friedrich Nietzsche.”

(Friedrich Nietzsche, Aurora, M. E. Editores, Madrid, 1994, p. 32-33. Prólogo.)

La vigencia, la claridad, y la fuerza de este fragmento es tal que debiera tenerse una copia de él en todas las aulas de las facultades de filología. Siempre he pensado que los objetivos más importantes de la una facultad de filología debían ser enseñar a leer y escribir “despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos…” Y esta será nuestra intención; al menos lo intentaremos.

 

Portada de la primera edición de Aurora (1981)


La labor de Nietzsche como filólogo ha sido sepultada por la de filósofo, cuando probablemente no existió distinción para él entre una y otra disciplina. Con 25 años se convirtió en el profesor más joven de la Universidad de Basilia ingresando en 1869 en la cátedra de lengua y literaturas griegas.


Nietzsche por Munch

 

Imágenes tomadas de Nietzscheana