A finales de agosto saltó a la prensa el robo de dos mapamundis de sendos incunables de Ptolomeo y unos libros del siglo XVII de la Biblioteca Nacional de España. El lamentable hurto me indignó como usuario de la famosa Sala Cervantes, donde se tiene acceso al patrimonio bibliográfico más antiguo de la Biblioteca. Pero también me pregunté de qué manera se había cometido tal fechoría, porque no parece fácil. La Sala Cervantes está formada por tres salas contiguas, y hay cámaras de seguridad, un guarda jurado en la puerta, los bibliotecarios, otros usuarios y un detector de metales en el acceso al edificio. Y además, ¿alguien sabe cuánto grita un incunable cuando le sajan un página? No pude evitar pensar que el robo procedía de dentro.

Luego vino la dimisión de su directora, Rosa Régas, que con su empeño de abrir la biblioteca “lo más posible” a los ciudadanos acabó convirtiéndola en algo más próximo a una biblioteca pública. Y es que no todo el mundo está preparado para enfrentarse a la lectura y conocimiento que proporciona un libro del siglo XVII, un incunable o un documento inquisitorial. Decir esto no supone estar en contra del pleno acceso a la cultural y al patrimonio bibliográfico, lo que no puede ser es que alguien se levante una mañana, se sienta tocado por un súbito amor por la literatura, y se presente en la Sala Cervantes pidiendo el manuscrito de El Quijote… Anécdotas como esta, pero sobre todo un planteamiento esclarecedor sobre estas cuestiones nos presenta el profesor Pablo Jauralde en el artículo “Libros que vuelan, documentos que desaparecen” publicado en el El Cultural del jueves 20 de septiembre de 2007.

 

Recomiendo su lectura porque Pablo Jauralde, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid, es uno de los filólogos que mejor conoce el patrimonio bibliográfico de la BNE. En su artículo nos cuenta que el robo de estos mapamundis es sólo la punta del iceberg del espolio continuado e invisible que sufre nuestro patrimonio. Pero no todos son quejas y lamentos, también plantea una serie de mejoras y actuaciones que permitirían conservar mejor nuestro patrimonio, y que pueden resumirse en una: la contratación de más bibliotecarios y personal cualificado.

CODA

El espléndido ensayo que Pablo Jauralde publicó en El Cultural de la semana pasada sobre el expolio de nuestro patrimonio bibliográfico ha removido conciencias y recuerdos que ahora amenazan con inundar mi papelera y la redacción misma. Dos ejemplos para el sonrojo: cuando José Antonio Labordeta, recién acabada la carrera de Historia, intentó hacer una tesina utilizando los fondos zaragozanos que aún quedaban de la antigua Sociedad Económica de Amigos del País, descubrió horrorizado, al llegar a aquel caserón una mañana de invierno, que el bedel utilizaba manuscritos del siglo XVIII para prender la estufa. Para llorar. Pero el desdén por el pasado afecta a todo. Ahora mismo nadie podría escribir, en rigor, una historia completa del cine español porque gran parte del material perteneciente al cine mudo que se conservaba en la primitiva filmoteca fue vendido después de la guerra a una fábrica de peines (que entonces se hacían de celuloide), con lo que hay docenas de obras de las que no queda ninguna copia. Recordemos a Larra: ¿Entre qué gentes estamos? Se lo iré contando.

(Juan Palomo, El Cultural, 27-9-07)