Dalton Trompet y el Cangrejo Pistolero presentan todos los jueves (a partir de las 22.00) “Las noches del Cangrejo Pistolero” en el Bar Platea (Sevilla, Alameda de Hércules). Bajo este dadaísta nombre tiene lugar una serie de recitales poéticos, protopoéticos, prosopoéticos, parapoéticos, algunos jacobinos, y demás perfomances. Van ya por su segunda temporada, y por aquellas tablas han pasado ya más de una treintena de poetas, entre ellos, Carmen Camacho, Gracia Iglesias, Gonzalo Escarpa, Diego Vaya, etc., y por si fuera poco consiguen que cada noche muchos de los espectadores se queden sin asiento…

Esta noche, número treinta siete, pasaban por Platea “Siracusa” y Manuel Arana, unidos “aparentemente” bajo el lema “Querido Peter Pan…”.

Indigesta (cuyo verdadero nombre, y no de guerra, es Siracusa Bravo Guerrero) entró en escena haciéndose acompañar de dos ninfas. Podrían haber sido las tres ninfas del río Tajo, pero en lugar de bordar habían escrito cada una en un folio “Sexo Gratis”. Mantuvieron la pancarta, el cartel, el anuncio, la promesa (incumplida al final) mientras Dalton Trompet y el Cangrejo Pistolero hacían la presentación. Finalmente, despejado el escenario, quedose Indigesta sola y seria, y dijo: “¿Sexo gratis? ¿Pero no os parece que está demasiado barato…?”, reflexión que completó con algún juego de palabras más, y que dicho como lo dijo me golpeó en seco y me turbó. Pero rápidamente se esfumó mi expectativa inicial de estar ante una Lolita, traviesa, seductora, y lasciva… (¡las hay que son excelentes poetas!). Indigesta sacó su sombrero de Peter Pan y echó a andar. Poco a poco fue encadenando sus poemas monográficos sobre Peter Pan, dentro de una escenografía que rescataba lo púber y lo dadaísta. Había mucho dinamismo en su forma de interpretar, moviéndose con soltura por el escenario, mostrando palabras que había escrito en grande, como carteles, tirando papeles aquí y allá. Colocó el micrófono justo delante de ella, detrás y a más de un palmo de distancia estaba el atril con sus poemas. Había allí una distancia extraña. Siracusa recitaba a veces de memoria. Habló de Peter Pan, de Campanilla, de Wendy, todo con humor, y a veces con ironía. Llegó a ser picante, y en algún momento tuvo su punto de Porn Pan (César dixit). Estuvo fresca y divertida, pero no salió de una lectura simple y juguetona de Pan.

 

Al recital de Siracusa llegué sin ninguna imagen prefijada, más allá de la que el título pudiera sugerir, pues no sabía nada de cómo escribía. Todo lo contrarió me sucedió con Manuel Arana, del que ya conocía sus primeros libros (Con buena intención y Grandes Éxitos). Ya me habían hablado de un cambio en su poesía, y yo me temía que alguna influencia lo hubiera empujado a derroteros ñoños cuando supe del título de su recital: “Adolescencia Dos. Poemas hormonados”. (Manolo, creo que hubiera quedado más posmoderno: “Adolescencia 2.0”).

Hacía tiempo, mucho tiempo, que no veía a Manolo Arana recitar sus textos, y eso me ha permitido ver el cambio, el salto importante y cualitativo. Este Arana nada tiene que ver con el de hace cuatro o cinco años. (Por cierto, tampoco tiene nada que ver con Rocío Arana, lo digo porque alguien que creía que era su hermano me lo preguntó, y tuve que negar tal filiación genético-poética).

Arana vino a Platea, como buen poeta, a desnudarse, y acabó haciendo sonar el elástico de su ropa interior (léase esto de forma literal y no metafórica). Claro que para desnudarse tuvo que vestirse antes y así lo hizo. Primero se hizo quitar las patillas con una máquina de afeitar (ayudado por Siracusa), y luego, para recuperar su atuendo de adolescente se vistió en directo con su camiseta de “Metálica”. (“Esta es la camiseta que yo vestía con quince años” aseguraba). Tardó en empezar “Bueno, mi nombres es… Miguel Sánchez Barcáiztegui”, y fue creando poco a poco su máscara. Arana, quiero decir Miguel, comenzó a contarnos que vivía en una segunda adolescencia, que su último año había sido especialmente extraño; y fue trenzando hábilmente su historia, la de Miguel o la de Manuel, qué más da, con sus poemas y con sus canciones, que iba cantando con la voz cascada, acompañado de la guitarra. Sus poemas contaban cómo había sido esa crisis, qué significaba volver al “mercado de la carne”, a ir detrás de las “niñas”, escribirles poemas, haikus, cuentos… Vino un nuevo trueco de vestimenta, y vistió una camiseta con el logo de Chichimeca (su revista), y el verso de Lope: “quien lo probó lo sabe”. Miguel continuó contando a través de sus poemas los intentos, los merodeos, las conquistas amorosas, las experiencias sicotrópicas mezcladas con el amor y el golpe. Alternó la lectura con la música. Hubo mucha música, con la que recuperó y homenajeó a sus grupos (como O’fun’killo, Los Planetas y otros muchos). Pero la clave estuvo en los poemas y en la máscara, especialmente en el antisentimentalismo irónico, desengañado y descarnado, siempre desde el antiretoricismo y la autoparodia. Miguel no pretendía ser cantante, pero necesitaba representar la autoparodia hasta sus últimas consecuencias, y lo consiguió. Manolo tuvo el acierto de conseguir que su máscara hablara por él, de establecer la distancia necesaria con el “yo” para hablarnos de una segunda adolescencia, de un segundo renacer, de una segunda oportunidad, siempre desde la desnudez y la sencillez…, y nos deleitó.

Los poemas permanecen inéditos, aunque al parecer ya tiene montados un par de libros con ellos. La lectura puede dar otra lectura más de los textos, y mostrarnos sin duda faltas o cuestiones mejorables como en todo. Me quedo a la espera de poder leerlos, sentado, en papel y con calma. Lo que se refiere a su interpretación… fue realmente buena.

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