En el número 292 de la revista Quimera (marzo de 2008) se publica un poema (p. 6) de Gabriela Wiener (Lima, 1975) de la que se nos dice: “Practica el surrealismo sucio. Sus poemas, una amalgama de fotografías viejas, ternura y malignidad, está recogidos en el libro Cosas que deja la gente cuando se va, un adelanto del cual circula celebrada y casi clandestinamente en Perú”.

Diego Vaya (Sevilla, 1980) publicó en marzo El libro del viento (Accésit del Premio Adonais 2008), un poemario de un tono claramente neoestoico, distinto y al mismo tiempo hermanado con sus dos libros anteriores: Las sombras del agua (Alhulia, 2005), y Un canto a ras de tierra (La Garúa, 2006).

[…]

Y mi madre ha dejado de ser hija.

(Diego Vaya)

La niña que será mi madre

[…]

(Gabriela Wiener)

Como lector me fascinó el contacto fortuito de los dos versos, la mirada complementaria y contradictoria. El verso de Gabriela Wiener inicia su poema “Foto en blanco y negro”, y el de Diego Vaya concluye el segundo poema de la sección quinta sin título (p. 55). Los poemas no se tocan, pero sus cuerpos parecen entroncados por un filo con estos dos versos. El de Wiener encaja perfectamente en el poema, en el que se describe una foto en la que aparece su madre de pequeña. El verso de Vaya concluye un poema que habla de lo circular de la rutina, del cansancio de la vida y de su peso, de cómo todo cambia dentro de que nada varía. El desarrollo de esta idea concluye de manera sorpresiva con un ejemplo que es ese verso que confirma lo habitual que es la muerte. En Wiener el “yo poético” gira entorno al “mi madre”, en Vaya el “yo poético” es tan solo testigo de lo que le sucede al “mi madre”. El verso de Wiener es un viaje al pasado para ver la infancia, y adelanta un “ser”. El verso de Vaya cuaja en un presente pero también se fundamenta en un “ser”, en un dejar de ser, y frente al otro tiene la poderosa virtud de decir mucho sin decirlo expresamente, de convertirse en un hermoso circunloquio de la muerte. Por otra parte, ninguno de los dos versos puede representar al otro en el poema ajeno, pero en cada uno de ellos yace sin embargo la verdad intrínseca del otro.

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