Las erratas son insidiosas compañeras de viaje de todo aquel que se asoma a la escritura o la lectura. Detectarlas y saberlas enmendar encarna un oficio que requiere paciencia y tesón, ciertos conocimientos y mucho, mucho entrenamiento. He corregido muchas erratas, y probablemente he sido dueño de algunas, algunas verdaderamente engorrosas, por esa razón, cuando he corregido un texto he preferido autodenominarme: “responsable de erratas”.

Sobre erratas y correctores hay mucho escrito, y aquí tan sólo quiero dar una interpretación personal del fenómeno. Me propongo, sencillamente, hacer una tipología heterodoxa de ese oficio que se entiende generalmente como corrector.

– Corrector o corrector de lapsus calami: A este corrector le basta saber lo mismo que el “revisor de ortografía y gramática” del Word, aunque es capaz de aplicar esos conocimientos de manera más razonable y coherente. Es decir, un corrector de este tipo se encarga de revisar que las palabras estén orto-tipográficamente bien escritas, y en principio no tiene por qué entrar en cuestiones gramaticales, ni leerse el texto.

– Corrector de estilo: El corrector de estilo necesita además de todo lo anterior buenos conocimientos lexicográficos y gramaticales. Tiene que detectar errores más invisibles porque el mecanicismo de la lectura los diluye, y debe atender por igual el contenido y la expresión. Los pasajes corruptos gramaticalmente serán su especialidad.

– Corrector-negro: Cuando una obra presenta una media de tres o más errores gramaticales por página puede decirse que estamos ante un corrector negro, más negro cuantos más errores tenga que enmendar, y que llega a ser un corrector negrísimo en aquellos casos en los que tiene que reformular o suprimir oraciones o párrafos completos. Al corrector negro se le pide tener tantos conocimientos como el corrector de estilo, pero además tiene que tener una capacidad camaleónica para adaptarse al estilo del autor en cuestión cuando tiene que enmendar o reconstruir su texto. Para este nivel se necesita tener mucha paciencia y tolerancia para los requiebros literarios del autor. En algunos casos también se le pedirá cierta capacidad literaria para enfrentarse a las reconstrucciones más negras.

– Corrector creativo: El corrector creativo es una tipología nada recomendable para una editorial porque estamos en el fondo no ante un corrector, sino ante un autor que pide paso poniendo zancadillas… El corrector creativo inventa y añade al texto del autor, pero procurar no alejarse mucho de la “corrección de negro” para no ser descubierto.

– Maquetador – corrector: Es un tándem peligroso si el corrector es un corrector-negro o un corrector-creativo. El maquetador-corrector-negro es capaz de quitarte un adjetivo de un párrafo tan sólo para cuadrar las huérfanas. Lo que es una simple travesura puede llegar a convertirse en una gamberrada, en vicio, o en una obra de ingenio cuando el maquetador-corrector-creativo actúa. Esta combinación es sumamente peculiar. Hay casos en los que el maquetador ha dispuesto y corregido el texto de tal manera que ha llegado a crear acrósticos con las letras iniciales de las páginas, y aún puede ser peor… Conozco un caso en el que fundió dos poemas en uno…

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