Tres veces tuve que publicar la entrada pasada (“Don Marcelino Menéndez Pelayo e Ian Gibson”), como comentario en el blog de Ian Gibson, porque las dos primeras fueron censuradas por el diario Público, limpieza que el diario no parece realizar con las decenas de comentarios basura, de trolls y de spam, que rellenan los comentarios de ese blog. En su nueva entrada Ian Gibson hace una reflexión sobre los blogs: “¿Bloguear o no bloguear? Esa es…”, y una de ellas alude a mi comentario (pues no hay otro que hable de la estatua): “Las reacciones adversas dan más que pensar que las benevolentes, naturalmente. Y más ganas de contestar (aprovecho para señalar que en mi último no creo haber recomendado, como se me achaca, que la estatua de Menéndez y Pelayo desaparezca de la Biblioteca Nacional, sino que tenga allí menos protagonismo, que no es lo mismo)”. Es evidente que a Ian Gibson no le ha gustado esta “reacción adversa” y que le gustaría responder otra cosa, pero se queda en lo superficial, en la estatua, y para colmo quiere que entendamos algo distinto de lo que realmente dice en su primera entrada: “¿Habría que dejarlo allí, él tan opuesto a los no afines, en el acceso a nuestra Biblioteca Nacional […]? Creo que hay debate interno al respecto. Yo por mí le buscaba una ubicación más respetuosa con el espíritu de la Constitución”. Y para mí que esa “ubicación más respetuosa” no es otra que la del almacén del MOPU en Madrid, junto a aquella otra estatua ecuestre que tiempo ha campaba por Nuevos Ministerios.

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