Hace ya más de tres meses que veo el mundo desde esta ventana a extramuros de la ciudad, y desde esta atalaya orientada al noroeste me dedico a menudo a la contemplación de este trocito de tierra, territorio casi de nadie, delimitado por un polideportivo, y más al fondo la urbanización de Montequinto, y más acá las vías del tren a Sevilla. Desde aquí he podido ver la maravilla de unos cuantos amaneceres y cómo el sol o las nubes pueden hacer que cambie todo tanto.

Muchas mañanas veo pastando las ovejas y cuando rara vez el viento sopla al suroeste oigo incluso sus balidos. Pero son las cigüeñas las que más me pasman. Cuando llegué en enero varias parejas estaban haciendo ya los nidos en un cuartel abandonado junto al canal del Guadaira. Durante el invierno venían a beber a una enorme laguna que se había creado entre la escombrera y la central eléctrica, y que ya se ha secado. Un día me quedé observando una cigüeña que pasó cerca de la planta sexta dando vueltas en el aire en forma de círculo, o de espiral más bien, porque fue subiendo, poco a poco, hacia el cielo. Traté de seguirla, pero llegó a hacerse tan diminuta que la perdí de vista.

Muchos días tengo ganas de bajar y salir al campo, pero una valla de dos metros y la vía del tren me lo impiden. Desde hace tres meses oigo todos los días varias decenas de trenes pasar a uno y otro lado. Los más inquietantes son los mercancías nocturnos, que van tan lentos que se oye el traqueteo metálico de las ruedas, y se puede ver los vagones con la luz de las farolas.

Niebla al amancer (enero, 2009)

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Arcoiris tras la lluvia (enero, 2009)

Amanecer sobre Montequinto (20-4-2009)

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