Como si fuera una extraña ave migratoria este mes de mayo iniciaré una larga temporada de viajes casi ininterrumpidos. Me embargan ya las ansias de verme fuera de este país, odi et amo mediante, y lanzarme a la conquista de terrenos más lejanos, algunos ya conocidos, y otros verdaderamentre nuevos. Si la vida es en sí un viaje, vivir viajando es una doble vida, porque el yo se dispersa, se modifica y adapta a las circunstancias, y puede verse tocado para siempre por los insondables caminos de la ruta.

Cuando viajo huyo en lo posible de ser un turista, aunque casi no puedo decir que consiga ser otra cosa. Por naturaleza me espanta la muchedumbre, la masa informe, desbordada, ritualizada y cargada de hábitos y preceptos, que aunque no quiera, acaba engulléndolo a uno, uniformándolo. Intento, por eso, siempre que viajo buscar en lo posible el camino alternativo, la perspectiva no pisada excesivamente, quedarme solo ante los monumentos o los rincones de la ciudad, aunque no sean los más fascinantes o históricos, escribir por el otro lado cuando me dan papel pautado, como diría JRJ… Alguna vez lo he conseguido, y si tengo la ocasión, dejaré aquí por escrito mi iniciático viaje a Stonehenge.

El año pasado también tuvo su temporada de viajes, muchos de ellos inesperados: Londres en enero y en junio, Polonia (Varsovia y Lublin) en abril, y ya en verano Santiago de Compostela, Valencia, Pamplona y Burgos. Casi todos fueron por cuestiones académicas, congresos, encuentros, conferencias, pero todos aportaron algo distinto y los recorrí de formas muy distinta.

En Londres pude permitirme ir varias tardes al British Museum solo para recrearme ante las fascinantes tablillas cuneiformes, o reincidir en la Bristish Library tras la huella de un manuscrito de la obra de A. Enríquez Gómez…

En abril visité Varsovia y rocé con los dedos la progresiva retirada de la era soviética. La capital polaca es una ciudad enormemente contradictoria. Su casco histórico fue derruido casi por completo, pero su reconstrucción fue tan fiel que uno podría llegar a tener la sensación de que allí no pasó nada. Que noble es el pueblo polaco y que tristemente ha sido desvencijado por sus vecinos del este y del oeste. Me asombró la estima e interés que tienen por España. No sólo muchos estudiantes aprenden español, sino que también encontré para mi asombro varias academias de baile flamenco en la propia Varsovia. Aquí en España, sin embargo, se les confunde con rusos o alemanes, y a alguno he oído decir que el mar de Polonia está al sur… ¡al sur!

El resto de los viajes por España fueron académicos. Santiago de Compostela, arrasada por el turismo, me desterró al fondo bibliográfico de la biblioteca universitaria. En Valencia, viaje relámpago y sorpresa, tuve la oportunidad de conocer y escuchar al maestro Roger Chartier, y me permitió hacer un pequeño descubrimiento en la Biblioteca Pérez Bayer, que aún tengo pendiente de concluir. Pamplona y Burgos trajeron amistad, charlas y risas. Al mismo tiempo, en Pamplona, y de la forma más irónica, el destino me guardaba una sorpresa de la que aún no he sabido sobreponerme…