Hace años que no escribo un poema. Hace años que no escribo prácticamente nada. Después de aquel librito de La escalera del viento (2003) apenas sí he vuelto a la poesía. ¿Me abandonó la musa o la abandoné yo? No lo sé, pero me di cuenta de que lo mío tal vez no era la lírica, pese a mi empeño. No fue una decisión consciente, simplemente aquella expresión fue languideciendo dentro de mí poco a poco. El último poema que escribí hace ya dos años apareció en el Festival de Sevilla Foto de 2009. El otro día me sorprendí escribiendo unos versos en el tren a Pisa, pero fue solo el vago recuerdo de una vieja enfermedad.

Bien es verdad que después de aquel librito no dejé de escribir. Fue entonces que inicié los micro relatos del inacabado Ventanario. Inacabado, incompleto, no superado, como tantos proyectos… Durante los siguientes años escribí exclusiva y únicamente para mí, como terapia, aquel largo dietario, Cartas a A…, que acabó sepultado hace ya más de tres años.

Pero mientras mis compañeros de escritura, mis amigos, mi generación (por utilizar el término pedante…) han seguido su camino, creciendo, publicando, obteniendo premios, acumulando méritos, aumentado su “carrera literaria”, yo me he ido consumiendo en mi propia agrafía, en una especie de “Bartleby” como diría César V. o Vicente R. Serey. Aunque en realidad este mutismo ha sido producto de la destrucción e inacabamiento de lo poquísimo que he ido escribiendo, desarrollando con el tiempo una especie de temor ante la palabra propia. Un amor y un miedo paralelos y paralizantes.

¿Excesivo perfeccionismo? ¿Severa autocrítica o íntima flagelación psicológica? No ha sido por falta de ideas, ha sido por un duro autodescreimiento y una notable incapacidad de concluir el menor de los proyectos.

Jules Asimov

Anuncios