El lunes acudí con Annette en su fugaz paso por Firenze a la exposición Uno sguardo nell’invisible (Una mirada a lo invisible) en el Palazzo Strozzi, dedicada a De Chirico, pero también con obras de Max Ernst, Magritte y Balthus, en las que había influido el pintor griego.

Descansado y con ánimo contemplativo, me fui sumergiendo en las arquitecturas de colores cálidos, las sombras y perspectivas tan marcadas, las figuras clásicas, las torres oscuras, las velas semiocultas tras muros y el vago recuerdo del quattrocento de De Chirico. Me sentí fortalecido cuando salí, como si aquellos colores me hubieran impregnado de fuerza…

De todos los cuadros hubo uno que me dejó especialmente impresionado: La condición humana (1933) de Magritte.

¿Por qué ese título? ¿Qué tiene este cuadro que ver con lo humano? ¿Habla de la condición humana como un doblez, como una realidad que se desdobla, con su verdad y con su falsedad? ¿Pero no es también una reflexión sobre la mímesis del arte? ¿Acaso es más verdadero el paisaje del fondo, enmarcado por una ventana, que su fiel reproducción en un cuadro? La condición humana como un problema de límites…

Dos días después leí cómo el afrancesado E. Vila-Matas trataba el mismo asunto que Magritte en Dublinesca. Hacia el final de la obra Samuel Riba visita la instalación de su amiga Dominique en Londres. El narrador se fija en un detalle (p. 273):

Llovía con especial fuerza y crueldad fuera de la instalación, al tiempo que dentro de ella unos altavoces se encargaban de reproducir artificialmente el sonido de la lluvia.

Esta reproducción artificial de la realidad, ¿resulta redundante o adquiere un sentido especial en su nueva delimitación? ¿Hay una intuición común detrás del cuadro de Magritte y la frase de E. Vila-Matas?

Anuncios