Hace unos meses una dulce aragonesa de acento gallego me preguntaba si seguía escribiendo. Me miró incrédula cuando traté de convencerla de que hacía mucho tiempo que no enlazaba palabras si no era para escribir un artículo o un correo electrónico. Luego vino la indagación y mi ejercicio de autojustificación. Recurrí al descreimiento pasado, pero también añadí nuevas razones.

Por culpa de aquellas viejas notas me hallé hace unos días en la entrada del 3 de junio de 2010 de Ars vivendi de T.R.R. y, por un momento, me contemplé con vanidad como un personaje literario. Sonreí pensando cómo identificaría el futuro editor de sus Obras completas aquella alusión escondida de “el diario italiano de un amigo”. La lectura del pasaje aconteció mientras esperaba precisamente la llegada del autor en el aeropuerto, azarosa conjunción astral que callé para custodiar mejor su peregrina belleza.

Al día siguiente, a la salida de la iglesia de San Eustaquio, volvió a salir la cuestión palpitante de una forma tangencial. Entonces, como cuando departí con la dulce aragonesa en la Porte d’Orléans, expliqué mi angustia por vivir sin la libertad necesaria para poder escribir. La razón puede parecer cuanto menos disparatada, pero la asumo con una certeza abrumadora. Cuando uno vive asido a un madero, a la merced del agua y del viento o, por decirlo en estupenda y castellana fórmula de Mme. B., cuando uno “no tiene donde caerse muerto”, no puede tomarse determinadas libertades y escribir aquello que le plazca, a menos que quiera correr el riesgo de arder en alta mar.

Hoy por hoy nada me inspira un poema, ni este vivir en el hilo, cual equilibrista, me anima a buscar más belleza que la de la propia supervivencia, la constancia y la paciencia en la adversidad. Por esa razón por el momento callo y procuro contener el runrún que desde hace tiempo me viene arengando la sangre:

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises, o amenaces miedo…

Jules Asimov