Articulo comentado


El reportaje (“Superventas made in Spain”) y la entrevista llevados a cabo por Aristóteles Moreno para Beta. Revista de libros y literatura (nº 2; julio-septiembre, 2008) me ha llevado a reflexionar un tema muy manido y debatido, pero que no por ello deja de tener vigencia.

Me parece muy acertado e interesante el panorama sobre el fenómeno de los bestsellers que traza Aristóteles Moreno en su reportaje a partir de las palabras literales de Ildefonso Falcones, Deborah Blackman (directora literaria de Plaza & Janés) y Carmen de Mora (Catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Sevilla –no Latinoamericana, como se dice–). El artículo indaga un poco en el origen del fenómeno en la literatura española (Terenci Moix, Antonio Gala, A. Pérez Reverte…), busca las claves o ingredientes que debe tener un bestseller, comenta el rendimiento de las estrategias de marketing, y confronta la defensa del bestseller con la opinión equilibrada de Carmen de Mora: “No es despreciable la venta masiva de un libro; lo despreciable es cuando está mal escrito”.

De la lectura del monográfico se desprende, como ya se sabe, que existen dos mundos literarios enfrentados: por una parte tenemos a los autores que escriben bestseller, y los editores, agentes literarios (y lectores) que los defienden. A los bestseller les respaldan la popularidad y el negocio editorial, sin embargo tienen en contra la opinión desfavorable de la crítica más prestigiada. En el otro extremo tenemos a los escritores que venden poco (a algunos de los cuales esto no le importa mucho) y a muchos críticos literarios. Estos propugnan una literatura de mayor calidad, pero cuentan con pocos y selectos lectores, y no responden a la rentabilidad económica que exige el negocio editorial. Este grupo habla de “literatura basura” para descalificar a los bestsellers, y son calificados de “puristas” o “los que escriben fino” o “gente que se la coge con papel de fumar” o “Normalmente, el crítico es un escritor fracasado y le fastidia que uno que tenga menos talente que él se haya montado en el dólar” en palabras de un acérrimo defensor de los superventas como Juan Eslava Galán. Los dardos y las pullas son mutuos entre los dos grupos, pero creo que los que tiene más gracia en este arte del vituperio literario son los de La Fiera Literaria. Por otra parte sería un error simplificarlo todo pensando que unos tienen la pasta y otros la calidad literaria, ni lo uno, ni lo otro…

Creo que en toda esta antigua y larga polémica hay que buscar un punto intermedio. Las editoriales son negocios (y no oeneges literarias) y es legítimo que busquen el producto que más beneficio económico les reporte, otra cosa es que en esta búsqueda invadan el mercado con obras deplorables. Es un error o vicio común de muchos críticos (consciente o inconscientemente) juzgar una obra literaria en función de sus ventas. Así para las muy vendidas se utiliza el término bestseller (con ese matiz despectivo que conlleva), y para las obras y autores poco conocidos se habla de literatura de culto (como si hubiera que rezar o comulgar con ella…). Y es que, como dice Deborah Blackman, “vender mucho no implica que la novela esté mal escrita”, ni que sea buena, añadiría yo. Objetivamente “vender mucho” solo implica ganancias económicas para la editorial y el autor, y es una cuestión que pertenece a la sociología de la literatura, y no a la crítica literaria o teoría de la literatura. ¿Quedará alguna vez claro que la calidad literaria no tiene nada que ver con las ventas de un libro? La confusión de los conceptos llega hasta extremos un poco esquizoides. En la pág. 12 de la entrevista a J. Eslava Galán, Aristóteles Moreno le pregunta: “¿El ‘best seller’ es un género literario en sí?”, y aquel responde: “Se podría tomar como género literario. Literalmente es el libro que se vende mucho. Pero, claro, un libro que se vende mucho podría ser Cien años de soledad y no podríamos calificarlo de ‘best seller’. O El Quijote o la Biblia y tampoco son ‘best seller’. Digamos que es un término comercial y no académico. Como género literario, podríamos decir que en los últimos 25 años ha surgido un tipo de libro que suele tener una serie de ingredientes que lo hacen un subgénero literario dentro de la novela, que es la intriga histórica o intriga religiosa con elementos de novela policíaca o de acción, tomando muchos elementos del cine”.

Las contradicciones son palmarias. Si bestseller es “un término comercial y no académico”, ¿cómo se le ocurre definirlo como “un subgénero dentro de la novela”? ¿Está traicionando el subconsciente a Eslava Galán cuando piensa que la buena y vendidísima literatura de El Quijote o Cien años de soledad no puede considerarse un bestseller?

Pero la entrevista nos reserva otras perlas y algún que otro comentario jactancioso. Cuando A. Moreno le pregunta: “Usted será de los pocos escritores en este país que vive de la literatura”. El autor jienense le responde: “Sí. Yo tengo una consideración muy cínica sobre los escritores. Nos dividimos en dos grandes grupos: los recolectores y los cazadores. Los recolectores son los que van de jurado a un premio, dan una conferencia o presentan la fiesta de la poesía en un pueblecito de Segovia. Luego están los cazadores, que son los que hacen libros. Yo estoy muy contento de poder considerarme en el grupo de los cazadores. Lo que hay en el panorama hispánico son recolectores”.

Pero resulta que el cazador de Juan Eslava Galán participa en jurados (Premio Minotauro 2007 y 2008, Premio de Novela Fernando Lara (varias ediciones), Concurso Nacional de Gastronomía Medieval “Ruta de los Castillos y las Batallas”, III Premio de Novela Fernando Quiñones, Premio Jaén 2004 de narrativa infantil y juvenil, Premio Azorín, etc.), y da conferencias sobre el Quijote, los templarios, la novela histórica, charlas para mayores, etc. Nada de esto puede ser reprochable o censurable, pero el cinismo tiene unos límites, y cuando se sobrepasan hay que hablar de sarcasmo.

En todo este debate me parece muy juicioso el comentario de Carmen de Mora: “Vivimos en una sociedad cómoda y buscamos una literatura que distraiga y no ofrezca resistencia en la lectura al lector”, idea que ya Vicente Luis Mora desarrollaba en profundidad en su excelente ensayo La luz nueva. Claro que es legítimo buscar el solaz y el mero entretenimiento en la lectura, sin tener que enfrentarse a grandes complicaciones, pero no nos engañemos: no tiene el mismo valor leer La Celestina que Corín Tellado. Dice Eslava Galán: “Si a una señora le interesan las novelas de amor de Corín Tellado, ¿por qué no? ¿Por qué tiene que leer esa señora La Celestina si no le dice nada?” Pero hay que invertir esta perversa idea. Si a una señora le interesan las novelas de amor ¿por qué le vamos a dar unas tan malas como las de Corín Tellado? ¿Es que esa señora no tiene derecho a leer también otras novelas de amor, que le aporten más y no le planteen problemas de compresión? ¿Qué tal Fortunata y Jacinta o Insolación de Pardo Bazán?

Otra idea perversa y muy extendida es pensar que lo importante es leer, y que da igual lo que se lea, Eslava Galán de nuevo (p. 14): “A mí me han preguntado muchas veces mi opinión sobre […] El Código Da Vinci. Mi opinión es siempre positiva, porque aunque las personas excesivamente finas piensan que eso es auténtica basura literaria, yo pienso que en el mundo hay muchos millones de personas que jamás hubieran leído un libro si no hubieran leído ese. Y de esos muchos millones de personas que leyeron ese libro y fue el primero, un porcentaje más o menos elevado se ha enganchado a la literatura y sigue leyendo”. Dejando a un lado que esto es algo indemostrable, me pregunto qué provecho tiene leer literatura basura cuando puede leerse literatura de calidad. Me parece que este remedio es un consuelo para los tontos: “tú lee, da igual lo que leas: el Marca o Cien años de Soledad”. Además esta forma de leer suele venir acompañada de una forma paralela de escribir: “tú escribe, da igual lo que escribas…”. Pensar que uno puede “enganchar” a la literatura -¿a qué literatura?- partiendo de El Código Da Vinci, es como decir que uno comienza a ver culebrones y programas rosa en la televisión, y acaba aficionándose al cine clásico en blanco y negro… Esta idea consolatoria de que lo importante, por encima de todo, es leer carece de fundamento, porque procede de esa mentalidad un tanto nihilista del “todo vale”. Y no… no es lo mismo que un chico con dieciséis años lea el Lazarillo que El Código Da Vinci. Enseguida los que defienden esta idea salen con el argumento: “Mejor es que lea El Código… a que no lea nada”. Y yo me pregunto, ¿de verdad es mejor? ¿mejor que qué…?

CODA: De la misma entrevista entresaco estas palabras en las que Eslava Galán habla de su propio estilo. Esto es lo que popularmente se conoce como “amor a la palabra”: “Si de algo puedo estar orgulloso es de una cierta técnica a la hora de escribir. Esa desolación de la página en blanco yo nunca la he tenido. Yo sé que primero hay que escribir la novela mal, pero que sea coherente y que cuente cosas, sin tener en cuenta el estilo. Yo siempre doy tres repasos a la novela y, si necesita más, le doy cuatro. Y ya, en el último me preocupo del estilo. Pero, mientras tanto, sólo me preocupo de la trama, de que los personajes sean coherentes, que no aburra.”

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Sin duda, uno de los fenómenos culturales del 2007 ha sido la proliferación de blogs en internet. Después de muchos intentos abortados uno trata de empujar, como puede, algunos blogs como este, ese y aquel… Las razones son varias, pero no interesan ahora, lo importante es la idea básica de que un blog no es más que un soporte, un nuevo medio de comunicación, más allá de cualquier otra cosa. Y esto que digo, que aparentemente es una obviedad, no lo parece tanto cuando uno lee a ciertos columnistas.

El pasado 23 de noviembre de 2007, Henry Kamen publicaba en el El Mundo (“En la columna de Umbral”) un artículo titulado: “Aburrimiento de palabras”, en el que venía a censurar el palabrerío de los blogs, el ombligismo de sus autores, el aburrimiento, etc., y hacía algunas afirmaciones de este jaez: “Es por esto que la tecnología moderna permite a algunos gastar energía escribiendo blogs, en los cuales hablan consigo mismo, con palabras que flotan por el ciberespacio y que las leen sobre todo aquéllos que tienen poco contacto con la palabra escrita”. (la cursiva es mía, pero la sorpresa puede ser de cualquiera al leer la paradoja) Luego continuaba así: “¿Son encomiables los blogs? Es posible que no, ya que una buena proporción de ellos son poco más que un popurrí de palabras…”, confundiendo el medio de expresión (“los blogs”) con el contenido (“el popurrí de palabras”). Pero el columinista, en su esfuerzo por reflexionar se da cuenta de que lo mismo ocurre en la prensa y en las novelas (y ejemplifica con una anécdota de Umbral), y concluye, digamos, reivinicando el tópico del docere et delectare.

No se equivoca ni exagera Henry Kamen cuando afirma que “En la mayoría de estos textos [blogs, periódicos digitales, comentarios, etc.], el nivel de literatura es terrible y el de entretenimiento es cero”, pero no está muy fino a la hora de ver que este fenómeno, la banilización de la escritura y el palabrerío, lo impregna todo: desde la televisión (con sus mensajes sms), las tertulias radiofónicas (con la verborrea de muchas tertulias), la prensa (del corazón, de coches, de deporte, etc.), muchos columnistas de diarios serios… y mucha, muchísima literatura. Los blogs no son más que parte de este panorama, y resulta un poco ridículo plantearse si pueden ser encomiables.

Nota: He encontrado una entrada paralela a esta, pero en esta ocasión a propósito de Doris Lessing…

He leído hoy (27-11-07) un artículo de Sánchez Dragó en El Mundo titulado “Telecaca”. Tengo que reconocer, previamente, que la máscara “Fernando Sánchez Dragó” me cautiva, y aunque no he leído ningún libro suyo, algún artículo tal vez, siempre me ha sido apetecible escucharlo, y dejarme llevar por su apasionamiento y sus peculiares opiniones. He seguido rigurosamente su Negro sobre blanco, que siempre me ha parecido el mejor programa de literatura de los últimos veinte años.

Pero en esta ocasión el objeto de interés está en su artículo, un tanto hinchado e hiperbólico, pero que me ha hecho reír, reconocerme en alguna opinión y sorprenderme con alguna propuesta que quiero aquí señalar. El artículo llega al sarcasmo en su crítica de la televisión “basura” o “caca” en la línea crítica a la que ya estamos acostumbrados. Me interesa la crítica que hace específicamente de los telediarios, pues es algo que vengo pensando desde hace mucho tiempo: que los informativos cada vez informan menos, y cuentan más anécdotas irrelevantes. Cuando le hago estos comentarios a mi vecina Paquita, que es muy sabia en algunas cosas y muy inocente en otras, me responde algo demoledor: “Pues yo prefiero que pongan esas cosas, porque es señal de que no pasan desgracias”. El colmo de la manipulación es hacer pensar que no está pasando nada mientras pasa…

Generalmente, cuando me veo sometido a una sesión de televisión radiactiva, por llamar al mismo fenómeno con otro nombre, pido y suplico que cambien de canal, y pongan alguno neutro, o insípido, porque estoy convencido, y lo he llegado a sufrir en carne propia, que este tipo de radiaciones producen graves trastornos neuronales…

F. Sánchez Dragó va más allá, y en su exageración propone algo que a algunos llevaría a calificarlo de facha… eso sí leyeran el artículo, claro. En cualquier caso, las palabras de Dragó me parecen una bofetada tan limpia, sonora y necesaria…

“[…] A esta gente ―la que por activa o por pasiva interviene en los programas del estrógeno, la testosterona y las heces fecales― deberían desposeerla del derecho al voto. No pueden ser ciudadanos, porque no son humanos. ¿Todos? Sí. Todos […]

Última ocurrencia: ¿por qué no se instalan audímetros obligatorios en todos los hogares provistos de televisor (¿queda alguno que no lo tenga?) y se desposee de su derecho al voto a los usuarios que vean más de diez minutos de telecaca al día? Redundaría eso en beneficio de la democracia. ¿Cabe confiar en un jefe de gobierno elegido por los espectadores de esos programas?”