(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El primer verso. El cincelado verso en bronce que inicia La Divina Comedia, “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”, siempre me llamó la atención porque ¿cómo saber cuál es la mitad de la vida? ¿O es que la mitad de la vida se mide en unas coordenadas no temporales? Este verso me evoca una cita de una obra de Nietzsche que no he conseguido recuperar, pero que el propio filósofo viene a repetir en una carta a su amigo Peter Gast el 11 de septiembre de 1879: “Estoy llegando al final de los treinta y cinco años, a la ‘mitad de la vida’, según se ha venido refiriendo uno a esta edad durante mil quinientos años. A esa edad tuvo Dante su visión, como recuerda en las primeras palabras de su poema. Ahora yo estoy en la mitad de la vida, pero tan circundado ‘por la muerte’, que ésta podría atraparme en cualquier momento”. Aunque la idea tal vez sea más antigua de lo que pensaba F. Nietzsche (Salmos 90:10: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…”). En cualquier caso, ambos rondaban los treinta y cinco años cuando escribieron estas palabras, Dante vivió poco más de veinte años, Nietzsche unos diez; los dos se encontraban probablemente en el mejor momento de sus vidas en esa mitad del camino.

Hoy, sin embargo, treinta y cinco años es la edad límite que establecen muchos concursos y premios literarios…

2. Ubi? La crítica considera que el “Canto I” es, en realidad, una introducción a las tres partes de La Divina Comedia. Es en este inicio donde Dante intenta explicar dónde se encuentra. La lectura más común del pasaje opone a la “selva oscura”, alegoría del pecado y del vicio, el monte o la cumbre, “aureoleada ya por los rayos planeta [= sol / Dios]”, que encarna la vida virtuosa. Parece sencillo, pero es una lectura (justa y plenamente cristiana) que se queda en el primer peldaño del simbolismo de la obra. No pretendo ahora hacer aquí sutiles disquisiciones y rebuscadas o sesudas interpretaciones; me basta con quedarme al pie de la escalera y contemplar maravillado todo lo que intuyo y no alcanzo a ver…

El poeta, que habla en pasado, parece recordar como ha sido su vivencia en esa selva, y quiere contar lo que vio (v. 7: “dirò de l’altre cose ch’io v’ha scorte”), al mismo tiempo que ese recuerdo se mezcla con el sueño (v. 11: “tant’era pieno di sonno a quel punto”). De manera que si por una parte parece salir (o entrar) en una “selva oscura” (o “selva selvaggia”), por otra se encuentra “al pie de una colina donde terminaba aquel valle” (vv. 13-14), y al poco sigue caminando por una playa (v. 29: “ripresi via per la piaggia diserta”), después de haber desarrollado un par de metáforas acuáticas para explicar el miedo que siente (vv. 19-20: “…se calmó un poco el miedo que había agitado el lago de mi corazón” y vv. 22-25: “Y lo mismo que aquel que ha logrado salir […] del piélago a la orilla, se vuelve a mirar el agua llena de peligros, así mi espíritu…”. ¿Qué oscuro lugar es este en realidad?

3. Virgilio. Tras ser acorralado por las tres fieras alegóricas (la pantera o la lujuria, el león o la soberbia, la loba o la avaricia), el poeta encuentra en el “vasto desierto” una figura humana a la que implora misericordia: “¡Ten piedad de mí, quienquiera que seas, hombre o sombra!” (vv. 65-66). Comparto el asombro de T. Rodríguez por esta forma de introducir a Virgilio, claro que en la traducción se pierde la aliteración y el anudamiento forma y contenido del italiano y la casi igualdad entre sombra/hombre: “od ombra od omo”. La respuesta de Virgilio no deja de ser también enigmática, pues acaba definiéndose por negación “No soy hombre. Hombre fui” (v. 67).

Son interesantes las reflexiones de Alejandro Oliveros en su Diario literario 1999 (pág. 95 y ss.) en torno a las razones que llevaron a Dante tomar a Virgilio de guía y no a Homero.

Botticelli ilustra el “Canto I”.

Es recomendable ver el pequeño comentario de sobre la imagen que se hace en este blog.

4. Así habló Zaratustra. El “Canto I” me conduce hasta el inicio de Así habló Zaratustra. Parece que Nietzsche, que conocía bien La Divina Comedia, quiso imitarla a su manera, poética y simbólica, en el “Prólogo de Zaratustra”:

“1. Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, – y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.

[…] ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.

Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!

[…] ¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»

– Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

2. Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra…”

“Prólogo de Zaratustra” en Así habló Zaratustra (1883-1885) de Friedrich Nietzsche.

[1] Cfr. el prólogo de Manuel Barrios Casares, “Nietzsche: la crítica de la metafísica como curvatura de la ilustración”, en Humano, demasiado humano: un libro para espíritus libres, Madrid, Akal, 2007, p. 8, en nota.