Dante



(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El correo. Me escribe Jean Marie un correo electrónico un tanto desalentador, que no transcribo por decoro, en el que viene a decirme que esto de comentar las lecturas de Dante en un blog es un ejercicio un tanto impertinente, de intelectualoide, o de erudito imberbe. Me pregunta si conozco toda la bibliografía y todos los comentarios que durante siglos ha suscitado la obra de Dante. Pronostica que no pasaré del “Infierno” con estas anotaciones y se compadece de mi vocación “estéril”.

Jules Asimov

2. ¿Cómo leer? Me asomo a La Divina Comedia dudando a cada paso, de lo que leo, de lo que entiendo, de las traducciones. Leo o releo un “Canto”, vuelvo atrás, empiezo de nuevo, avanzo, busco cómo se traduce la palabra “mente” en los distintos contextos del “Infierno” para convencerme de que en el v. 8 del Canto II ha de entenderse ‘memoria’, desisto. Voy leyendo en español pero a cada paso interrumpo la lectura para ver el italiano, por poco que uno conozca la lengua de Dante no puede dejar de pronunciar algunas palabras, fijarse en las líquidas, en la profusión de íes… Es que no es lo mismo leer: “od ombra od omo”, que “sombra u hombre”, es que leo en una “selva selvaggia” y no me fío de las traducciones y las cotejo cuando el texto se oscurece…, ¿es mejor la lectura en verso o en prosa? Consulto las distintas versiones en “El libro total”. Sé bien que es caótico, que así la lectura se eterniza. No me importa. Es mi forma de entender, de leer el poema.

3. Borges y La Divina Comedia. Recuerdan en el Trópico la pasión de Borges por La Divina Comedia y sus ensayos (Siete noches y Nueve ensayos dantescos) y allí rescatan algunas de sus reflexiones. En esta estancia sin biblioteca prácticamente, rastreo por Internet algo que calme mi curiosidad, y encuentro finalmente el ensayo Siete noches con el artículo La Divina Comedia. Convencido de que las condiciones en las que se produce la lectura influyen en la comprensión del texto, iba a transcribir el fragmento en el que el maestro argentino explica cómo descubrió a Dante, pero tal vez sea mejor escucharlo directamente:

Fragmento del audio de la conferencia pronunciada por Borges el 1 de agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, publicada con el título “La Divina comedia” en Siete noches (1977). Audio procedente de Borges literal (Buenos Aires, Ed. Umbriático, 2007). III, 228-229)

Pero Borges era dado a la fabulación continua, a la automitificación, y es curioso ver que cuando los críticos se asoman a sus textos más biográficos se encuentran con la impostura, la invención a cada paso. Si Borges inventaba su propia vida en sus textos de carácter más biográfico como armadura de su verdad no lo sabemos y ardua es la tarea de aquellos que lo intentan. Vea el curioso lector las vueltas que Francisco J. Rodríguez Risquete le da al primer encuentro de Borges con La Divina Comedia en su artículo “Borges, fervor de Dante”, cotejando diversos testimonios de un supuesto “desmemoriado” Jorge Luis Borges. Pero ya estoy perdiéndome otra vez en esta selva…

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(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. Memoria. El arranque del “Canto II” es el verdadero inicio del Infierno, como marcan claramente los vv. 1-9. Aquí junto a la tópica invocación de ayuda a las musas, el poeta pide también: “o mente che scrivesti ciò ch’io vidi, / qui si parrà la tua nobilitate”, que Nicolás González Ruiz traduce como: “¡Oh mente que escribiste lo que vi! Aquí se advertirá tu nobleza”. Pero en este punto parece que la traducción está deturpada. Basta con cotejarlo con la versión de Luis Martínez Merlo (que recomiendan en los comentarios): “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”. Y es que no es lo mismo mente que memoria, y no es este un error baladí. De su importancia bien habla T. Rodríguez aquí.

Lector que te internas en la “selva selvaggia” de La Divina Comedia no te fíes de lo que lees. A cada paso mira con qué pie pisas los tercetos, porque la “diritta via” del sentido es “smarrita” con frecuencia en todo traslado…

2. Eres sabio…: A pesar de todo la versión en prosa de N. González Ruiz permite una lectura más cercana al pensamiento del original, con más matices, como en el verso 36: “se’savio; intendi mei ch’i’non ragiono”, que traduce magníficamente: “Tu eres un sabio: entiende lo que no acierto a decir”, matiz que se pierde o modifica en la versión de L. Martínez Merlo “eres sabio; ya entiendes lo que callo”, o que desaparece pedestremente en la de Bartolomé Mitre: “bien lo alcanza tu sabia perspicacia”. Y qué importante es el matiz en Dante, porque en este pasaje el poeta italiano le habla de rodillas a Virgilio, preguntándole si es digno de ser guiado por él. Al mismo tiempo esta definiendo al hombre sabio: entender aquello que ni siquiera se expresa con propiedad o razón.


William Blake, ilustración del final del Canto II,
cuando Dante y Virgilio “intrai per lo cammino alto e silvestro”.

3. ¿El temor de Dante es el “temor de Dios”? En su respuesta, Virgilio le explica, con un elegante circunloquio, que su alma “ha sido atacada por la cobardía”, y le cuenta cómo ha sido Beatrice quien le ha enviado para ayudarle. En su conversación con la “mujer virtuosa”, Virgilio le pregunta por qué no ha tenido miedo de bajar hasta el Infierno para avisarlo. La respuesta de Beatrice me parece muy hermosa, una verdadera arenga a Dante, a través de las palabras de Virgilio, un pensamiento tan vigente y certero que podría repetirse como un mantra para espantar el temor, las dudas y el pavor: “Se han de temer tan sólo aquellas cosas que puedan dañar al prójimo; las demás no, pues no dan miedo”. Me pregunto si esta afirmación, leída en el contexto cristiano dominante de La Divina Comedia, no roza lo herético, porque ¿dónde está el “temor de dios”? Claro que todo depende de cómo se quiera entender: “El temor de Dios es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13).

Lector que hasta aquí llegas, no pierdas la “diritta via”
y sigue el commento de La Divina Comedia
en el Trópico de la Mancha.

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El primer verso. El cincelado verso en bronce que inicia La Divina Comedia, “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”, siempre me llamó la atención porque ¿cómo saber cuál es la mitad de la vida? ¿O es que la mitad de la vida se mide en unas coordenadas no temporales? Este verso me evoca una cita de una obra de Nietzsche que no he conseguido recuperar, pero que el propio filósofo viene a repetir en una carta a su amigo Peter Gast el 11 de septiembre de 1879: “Estoy llegando al final de los treinta y cinco años, a la ‘mitad de la vida’, según se ha venido refiriendo uno a esta edad durante mil quinientos años. A esa edad tuvo Dante su visión, como recuerda en las primeras palabras de su poema. Ahora yo estoy en la mitad de la vida, pero tan circundado ‘por la muerte’, que ésta podría atraparme en cualquier momento”. Aunque la idea tal vez sea más antigua de lo que pensaba F. Nietzsche (Salmos 90:10: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…”). En cualquier caso, ambos rondaban los treinta y cinco años cuando escribieron estas palabras, Dante vivió poco más de veinte años, Nietzsche unos diez; los dos se encontraban probablemente en el mejor momento de sus vidas en esa mitad del camino.

Hoy, sin embargo, treinta y cinco años es la edad límite que establecen muchos concursos y premios literarios…

2. Ubi? La crítica considera que el “Canto I” es, en realidad, una introducción a las tres partes de La Divina Comedia. Es en este inicio donde Dante intenta explicar dónde se encuentra. La lectura más común del pasaje opone a la “selva oscura”, alegoría del pecado y del vicio, el monte o la cumbre, “aureoleada ya por los rayos planeta [= sol / Dios]”, que encarna la vida virtuosa. Parece sencillo, pero es una lectura (justa y plenamente cristiana) que se queda en el primer peldaño del simbolismo de la obra. No pretendo ahora hacer aquí sutiles disquisiciones y rebuscadas o sesudas interpretaciones; me basta con quedarme al pie de la escalera y contemplar maravillado todo lo que intuyo y no alcanzo a ver…

El poeta, que habla en pasado, parece recordar como ha sido su vivencia en esa selva, y quiere contar lo que vio (v. 7: “dirò de l’altre cose ch’io v’ha scorte”), al mismo tiempo que ese recuerdo se mezcla con el sueño (v. 11: “tant’era pieno di sonno a quel punto”). De manera que si por una parte parece salir (o entrar) en una “selva oscura” (o “selva selvaggia”), por otra se encuentra “al pie de una colina donde terminaba aquel valle” (vv. 13-14), y al poco sigue caminando por una playa (v. 29: “ripresi via per la piaggia diserta”), después de haber desarrollado un par de metáforas acuáticas para explicar el miedo que siente (vv. 19-20: “…se calmó un poco el miedo que había agitado el lago de mi corazón” y vv. 22-25: “Y lo mismo que aquel que ha logrado salir […] del piélago a la orilla, se vuelve a mirar el agua llena de peligros, así mi espíritu…”. ¿Qué oscuro lugar es este en realidad?

3. Virgilio. Tras ser acorralado por las tres fieras alegóricas (la pantera o la lujuria, el león o la soberbia, la loba o la avaricia), el poeta encuentra en el “vasto desierto” una figura humana a la que implora misericordia: “¡Ten piedad de mí, quienquiera que seas, hombre o sombra!” (vv. 65-66). Comparto el asombro de T. Rodríguez por esta forma de introducir a Virgilio, claro que en la traducción se pierde la aliteración y el anudamiento forma y contenido del italiano y la casi igualdad entre sombra/hombre: “od ombra od omo”. La respuesta de Virgilio no deja de ser también enigmática, pues acaba definiéndose por negación “No soy hombre. Hombre fui” (v. 67).

Son interesantes las reflexiones de Alejandro Oliveros en su Diario literario 1999 (pág. 95 y ss.) en torno a las razones que llevaron a Dante tomar a Virgilio de guía y no a Homero.

Botticelli ilustra el “Canto I”.

Es recomendable ver el pequeño comentario de sobre la imagen que se hace en este blog.

4. Así habló Zaratustra. El “Canto I” me conduce hasta el inicio de Así habló Zaratustra. Parece que Nietzsche, que conocía bien La Divina Comedia, quiso imitarla a su manera, poética y simbólica, en el “Prólogo de Zaratustra”:

“1. Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, – y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.

[…] ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.

Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!

[…] ¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»

– Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

2. Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra…”

“Prólogo de Zaratustra” en Así habló Zaratustra (1883-1885) de Friedrich Nietzsche.

[1] Cfr. el prólogo de Manuel Barrios Casares, “Nietzsche: la crítica de la metafísica como curvatura de la ilustración”, en Humano, demasiado humano: un libro para espíritus libres, Madrid, Akal, 2007, p. 8, en nota.

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

El encuentro

Hace unas semanas, en uno de mis paseos por Florencia, guiado solo por la curiosidad y el asombro, encontré inesperadamente un quiosco en la Piazza degli Strozzi. Exponía un conjunto de libros heterogéneos, usados, algunos casi rare books, pero los más eran libros de arte sobre Florencia e Italia. Rebusqué un poco sin mucha esperanza, y cuando ya me iba vi que en una lateral tenían un par de baldas incrustradas en el propio armatoste de chapa. Allí estaban los libros a un euro, en peor estado, afectados por la humedad considerablemente… y los títulos más variopintos y menos interesantes. Le dediqué unos minutos, porque con frecuencia son estos rincones del desastre los que más me interesan: puede haber algo de interés y el precio es asequible. Tras mucho trastear encontré un libro en cuarto de tapa dura tan afectado por la humedad que las primeras páginas estaban pegadas y no se veía el título. Aún así el texto comenzaba: “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”. Era el primer volumen de una edición italiana de La divina comedia de los años cincuenta.

La edición rescatada

De nuevo en la patria he buscado mi edición de las Obras completas de Dante Alighieri (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1994, 5ª edición).  Presenta La divina comedia en texto bilingüe, con versión castellana de Nicolás González Ruiz sobre la interpretación literal de Giovanni M. Bertini, y con la colaboración de José Luis Gutiérrez García…

En realidad esta edición de la “Biblioteca de Autores Cristianos” ha sido hecha por el Departamento de Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca; y aunque en los créditos se hace relación de multitud de cargos y responsables de la “comisión… universitaria” (y pontificia) relacionada con la BAC, no aparece o no queda claro, quién ha sido el editor o verdadero artífice de esta cuidadísima edición.

El volumen está encuadernado en pasta dura con tela, y con un camisa de llamativo color naranja. Las páginas blancas y finas se transparentan sin llegar a molestar en la lectura. Lo mejor es la disposición elegida para editar el texto, especialmente La divina comedia. En la parte superior de la página aparece la traducción o versión en prosa (en letra Garamond 8), marcada por los versos italianos que se traducen a continuación (en letra Garaline-regular 7). Finalmente, unas brevísimas notas a pie de página con letra diminuta aclaran aspectos culturales generales del texto en español. No obstante, los márgenes no son muy generosos, especialmente el superior, que con el encabezamiento agobia el arranque de la página. No hay espacio para escribir, tan solo me queda subrayar o dejar una de esas marcas con signo de exclamación que a veces hago para dejar constancia que aquello que allí se dice me conmovió o vi escrito de forma genial…

La introducción general y la versión de Nicolás González Ruiz

Nicolás González Ruiz (1897 – 1967) fue un escritor y periodista catalán hoy olvidado de vastos intereses culturales y literarios, pero que destacó especialmente por su dedicación al periodismo católico y por su capacidad y labor divulgativa. El 24 de junio de 1956 fecha la “Introducción General” a esta edición de La divina comedia, que fue publicada por primera vez en ese mismo año. Consciente de las dificultades que entraña introducir brevemente la obra de Dante, y teniendo muy en cuenta a quién va dirigida una obra publicada por la “Biblioteca del Autores Cristianos”, declara desde el principio que va a hablar de Dante “en calidad de escritor insigne que levantó sus creaciones literarias sobre una concepción cristiana de la vida y del mundo”, y pasa a comentar brevemente la época, la vida y la obra del poeta. Aunque trata de escribir con una prosa sencilla y mesurada, acaba haciendo concesiones a la galería, y cita la Enciclopedia Católica del Vaticano, que afirma que Dante es “el poeta más grande del catalocismo”. De esta forma el mismo abona esta singular apropiación católica de la figura de un escritor cuya obra está por encima de la fe, por mucho que utilice el cristianismo de plataforma para estructurar su obra. Y más aún cuando la figura de Dante no fue bien vista por la Iglesia durante siglos hasta que no llegó el abrazo vaticano definitivo con la encíclica In praeclara summorum de Benedicto XV (1854 – 1922) en 1921, a quien hace varias referencias N. González Ruiz para exculpar la inquietante “selva oscura” en la que reconocía Dante haberse extraviado. Por otra parte, en el bosquejo de la vida de Dante, el prologuista cae en disquisiciones muy propias de su época al hablar de la figura de la mujer, y en concreto, de Beatrice en estos términos: “Cualesquiera que fuesen los méritos de belleza, virtud y bondad acumulados en la persona de Beatriz, este caso demuestra, más palmariamente que otro algunos, hasta qué punto es la mujer, en ciertos aspectos, hija del hombre, lo que puede estimarse justa retribución de que, por otra parte, todo hombre haya nacido de mujer”.

Tal vez los editores de la BAC deberían haberse propuesto actualizar el prólogo en esta quinta edición de 1994 y profundizar, por mantener la coherencia con sus destinatarios cristianos, en las peculiares relaciones entre Dante y la Iglesia Católica en los últimos siglos.

Finalmente, el traductor señala en los criterios de la traducción que ha buscado “llevar al máximo la literalidad. Son, pues, intencionadas muchas construcciones cuya ordenación debería ser distinta”, pues trata de facilitar con ello el cotejo con el texto en italiano. La versión en prosa que realiza parte de “la interpretación literal de Giovanni María Bertini”, un hispanista italiano de origen barcelonés y coetáneo del traductor, al que imaginó que conoció…

Leer a Dante en Florencia

Dante vivió los últimos veinte años de su vida desterrado de su ciudad natal y fue entonces cuando escribió La Divina Comedia. Durante ese tiempo, cargado de intrigas políticas y enfrentamientos, Florencia fue para el propio Dante su particular infierno, purgatorio y paraíso. Por eso me pregunto si leer la obra en Florencia me permitirá comprenderla mejor, como si cotejara el texto antiguo con una ciudad moderna, o una ciudad cargada de historia y pasado con un texto vivo que sigue hablando siglos después…

Miro la extensa y dantesca bibliografía de esta obra. Se ha leído tanto y se ha escrito tanto durante tantos siglos, que me pregunto con qué sentido me lanzo a escribir y hablar de ella. Seré lector curioso, mas tal vez no discreto.