Filologia


Cuando cursaba COU y me enfrenté por primera vez a la obra de Luis de Góngora tuve la suerte de encontrarme con Góngora y el Polifemo de Dámaso Alonso. Recuerdo con nitidez el “calor” que la lectura de aquel libro me produjo. Tenía las páginas amarillentas, pero limpias y sin notas; y se podía abrir con comodidad porque estaba ya un poco usado y el cosido lo permitía. En la página de la derecha se reproducían las octavas del Polifemo, le seguía un párrafo que ordenaba el delirio sintáctico del poeta, y continuaba con una copiosa anotación verso por verso de Dámaso Alonso. La lectura fue para mi fascinante porque me permitió comprender bastante bien (o todo lo que con esa edad se puede comprender) el Polifemo. La facilidad y maestría que mostraba Dámaso Alonso cada vez que se batía con cada verso me resultó tan iluminadora y subyugante que decidí copiar el libro… Sí, copiarlo a mano, con la excusa de que así lo estudiaba y aprendía mejor. Creo que inicié mi proyecto pero no lo acabé por falta de tiempo. Desde entonces descubrí que copiar los textos literarios de un autor me facilitaba enormemente su comprensión, y desde entonces lo he venido haciendo…

No podemos perder la perspectiva y olvidar que en el Siglo de Oro lo más frecuente entre los poetas y lectores era copiar los poemas que más les gustaban. El mismo hecho de la copia suponía ya una lectura peculiar de los textos. A veces la memoria hacía de intermediaria entre la lectura de un poema y su posterior puesta por escrito. La copia de poemas de memoria suponía un riesgo añadido al traslado de los textos, porque era muy fácil olvidar o confundir un verso, añadir o quitar una palabra, o sustituirla por otra semánticamente próxima.

Recientemente memoricé un excelente soneto de Francisco de Medrano (“Suelta la carta y brújula el piloto…”, y con el ejercicio me di cuenta de lo que podríamos llamar “el sentido epistémico de la memoria”, el mismo que había encontrado en la escritura. Interiorizar el texto me resultaba muy efectivo para asimilar con facilidad no solo las palabras y el contenido, sino también la estructura, y poder “verlo” mentalmente. Cuando en los días siguientes volví a repetir el texto me di cuenta que había traicionado el original y había sustituido sin querer unas palabras por otras que encajaban perfectamente en la composición tanto métrica como semánticamente.

Este es el soneto de Francisco de Medrano:

Suelta la carta y brújula el piloto

cansado de luchar con agua y viento;

azota de la nave el mar hambriento

este costado, abierto, y aquel, roto.

Del impio marinero, ya devoto,

envuelto en voces sube el sentimiento

al cielo, que desprecia, malcontento,

del pasajero humilde el casto voto.

Embiste el casco en un escollo duro,

y al más dichoso, en una tabla asido,

escupe el mar en las arenas, muerto

Yo lucho con la ausencia, y, sostenido

de mi esperanza, ¿llegaré seguro,

Flora, a tus ojos? ¡Muera yo en tal puerto!

El texto que reproduzco procede de Poesía de los Siglos de Oro, ed. a cargo de Arcadio López-Casanova, Madrid, Castalia – Col. Castalia Prima, 1999, p. 163-164. Desde el punto de vista de la edición del soneto no entiendo bien el porqué de las comas que rodean a la conjunción en el v. 12. Por otra parte tengo que señalar que el adjetivo ‘impio’ se leía en la época como una palabra llana y bisílaba, y por tanto sin tilde. La versión electrónica que ofrece del texto la Biblioteca Virtual de Cervantes como este error y otros varios en la puntuación (falta de los signos de exclamación del último verso y de la coma delante de ‘muerto’ v. 11, o en el v. 4-). No he podido consultar la edición que de este soneto en la p. 279 de Paraíso Cerrado (Poesía en lengua española de los siglos XVI y XVII), selección y edición de José María Micó y Jaime Siles, Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, 2004.

Debo confesar que la memoria me falla con insistencia en los tercetos, y ha sido en el primero donde deslicé tres curiosas variantes:

Encalla el casco en un escollo duro,

y al más dichoso, a un madero asido

escupe el mar en las orillas, muerto.

Para empezar, la variante encalla me parece tan válida literariamente como embiste, e incluso supera a esta en el juego de las aliteraciones, porque hace que el acento secundario de la segunda sílaba (“ca”), coincida con el de la cuarta (“ca”) y participe de la octava “co”, y añade una palatal lateral más al verso. No obstante, el “embiste” de la versión original arrastra más violencia que el “encalla”, y ese punto es necesario si tenemos en cuenta la muerte que luego se describe.

La segunda variante, a un madero, no sería tan válida como la del original, aunque el término sea propio de los textos que desarrollan el tópico de las navegaciones. Tal vez detrás de esta variante lo que hay es una actualización sintáctica, pues en el español de hoy día suena mejor “asido a un madero” que “asido en una tabla”. Probablemente el poeta buscaba el paralelismo sintáctico al final de estos dos versos (“en un escollo” / “en un madero”).

Finalmente creo que la variante menos interesante es la última, porque no aporta nada al verso más perfecto, en mi opinión, del soneto. El hipérbaton, no excesivamente brusco, deja el verbo (“escupe”) y el complemento predicativo (“muerto”) a cada extremo del verso sáfico, separados por el “mar” y por las “arenas”, que cruza el cuerpo fallecido.

El soneto me parece en general excelente, un verdadero artefacto barroco. Si en los dos cuartetos y el primer terceto tenemos la descripción objetiva de un naufragio, en el último terceto se concentra todo el subjetivismo del poeta buscando un paralelismo entre las dos situaciones: el amor como un naufragio.

No pretendo hacer un comentario estilístico del soneto, pero sí quiero detenerme en algunos detalles, por ejemplo, el primer verso no me parece en absoluto afortunado por la supresión del artículo en “brújula”, con el objeto de alcanzar las once sílabas, lo mismo sucede en el siguiente verso con “agua” y “viento”. Sin embargo el hipérbaton de los vv. 3 y 4 es muy bueno porque consigue mostrar con él la inestabilidad de la embarcación.

El quinto verso es una condensación de contrarios tan típica del barroco, y al mismo tiempo tan cargada de significado, ¿cómo decir mejor y en menos palabras que alguien que no tiene fe la recupera por conveniencia? ¿No hay en este cuarteto una censura de aquellas personas sin fe que recurren tan solo a la divinidad en las calamidades?

Luego el primer terceto me planteó una duda que no he conseguido resolver. ¿Quién es el “más dichoso”? ¿El piloto o el pasajero humilde? ¿Tenía entonces el término “dichoso” el sentido irónico de “desventurado, malhadado”, que señala el Diccionario de la Lengua actual? ¿Cómo puede ser “dichoso” quien acaba muerto? ¿Se está refiriendo este “dichoso” a la voz del poeta que aparece en el último terceto, y que sí considera una dicha “morir en tal puerto”?

El último terceto recoge lo expuesto en el soneto (salvo lo señalado en el segundo cuarteto). Frente al “agua y viento”, el poeta lucha con la “ausencia”, y en lugar de asirse a una “tabla”, es “sostenido de mi esperanza”. De la misma manera se podría decir que las “arenas” son el correlato metafórico de los “ojos” de la amada, en los que ansía morir el poeta.

Creo que la literatura del Siglo de Oro, y especialmente la lírica, es pura arquitectura, y es precisamente en sonetos como este dónde mejor se puede ver. El contenido de las composiciones suelen repetir los mismos materiales constructivos: el amor, el paso del tiempo, la muerte, etc.; lo distintivo, la gracia, el don y el arte residen en la composición, en la arquitectura, en la decisión de colocar aquí un hipérbaton (o un friso), allí una metáfora (o un arco), un adjetivo (o un bajorrelieve), o un endecasílabo (o una columna). La diferencia tan solo está en que la lírica no se ve pero se oye, y la arquitectura no se oye pero se ve.

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Las erratas son insidiosas compañeras de viaje de todo aquel que se asoma a la escritura o la lectura. Detectarlas y saberlas enmendar encarna un oficio que requiere paciencia y tesón, ciertos conocimientos y mucho, mucho entrenamiento. He corregido muchas erratas, y probablemente he sido dueño de algunas, algunas verdaderamente engorrosas, por esa razón, cuando he corregido un texto he preferido autodenominarme: “responsable de erratas”.

Sobre erratas y correctores hay mucho escrito, y aquí tan sólo quiero dar una interpretación personal del fenómeno. Me propongo, sencillamente, hacer una tipología heterodoxa de ese oficio que se entiende generalmente como corrector.

– Corrector o corrector de lapsus calami: A este corrector le basta saber lo mismo que el “revisor de ortografía y gramática” del Word, aunque es capaz de aplicar esos conocimientos de manera más razonable y coherente. Es decir, un corrector de este tipo se encarga de revisar que las palabras estén orto-tipográficamente bien escritas, y en principio no tiene por qué entrar en cuestiones gramaticales, ni leerse el texto.

– Corrector de estilo: El corrector de estilo necesita además de todo lo anterior buenos conocimientos lexicográficos y gramaticales. Tiene que detectar errores más invisibles porque el mecanicismo de la lectura los diluye, y debe atender por igual el contenido y la expresión. Los pasajes corruptos gramaticalmente serán su especialidad.

– Corrector-negro: Cuando una obra presenta una media de tres o más errores gramaticales por página puede decirse que estamos ante un corrector negro, más negro cuantos más errores tenga que enmendar, y que llega a ser un corrector negrísimo en aquellos casos en los que tiene que reformular o suprimir oraciones o párrafos completos. Al corrector negro se le pide tener tantos conocimientos como el corrector de estilo, pero además tiene que tener una capacidad camaleónica para adaptarse al estilo del autor en cuestión cuando tiene que enmendar o reconstruir su texto. Para este nivel se necesita tener mucha paciencia y tolerancia para los requiebros literarios del autor. En algunos casos también se le pedirá cierta capacidad literaria para enfrentarse a las reconstrucciones más negras.

– Corrector creativo: El corrector creativo es una tipología nada recomendable para una editorial porque estamos en el fondo no ante un corrector, sino ante un autor que pide paso poniendo zancadillas… El corrector creativo inventa y añade al texto del autor, pero procurar no alejarse mucho de la “corrección de negro” para no ser descubierto.

– Maquetador – corrector: Es un tándem peligroso si el corrector es un corrector-negro o un corrector-creativo. El maquetador-corrector-negro es capaz de quitarte un adjetivo de un párrafo tan sólo para cuadrar las huérfanas. Lo que es una simple travesura puede llegar a convertirse en una gamberrada, en vicio, o en una obra de ingenio cuando el maquetador-corrector-creativo actúa. Esta combinación es sumamente peculiar. Hay casos en los que el maquetador ha dispuesto y corregido el texto de tal manera que ha llegado a crear acrósticos con las letras iniciales de las páginas, y aún puede ser peor… Conozco un caso en el que fundió dos poemas en uno…

Ni la “carta al lector” ni el correo electrónico al Diario de León han tenido respuesta alguna. No podía esperar otra cosa el desconocido autor de un blog sobre estos peregrinos temas filológicos. No obstante, el asunto que nos traemos entre manos no es baladí, y la cuestión se complica.

M. Á. Nepomuceno cuenta de nuevo, tras las dos primeras noticias vacilantes y confusas, la situación sobre la subasta de los mapamundis en “Un precio demasiado bajo para un incunable tan valioso”. Nos aporta datos concretos… Uno de los mapamundis “fue subastado a través de internet el pasado 21 de mayo a las 7.23 horas. El número de lote era 23.731, y se vendió por la casa norteamericana Swaen por el precio de 57.600$, ocho mil menos que el anunciado en el número de septiembre-octubre de la revista Fine Books . La ficha de subasta estimaba su valor entre 60.000 y 90.000 $ cifra muy reducida para las que habitualmente se pagan por ejemplares «limpios»”. Pero si bien dice al principio que lo subastado ha sido “Uno de los mapas de la obra mutilada de la Biblioteca Nacional Cosmographia”, luego nos habla de “Los mapas subastados tienen unas medidas…” (¿pero no era uno?). El resto de la noticia se convierte en una entrada de enciclopedia que nos describe el supuesto ejemplar o ejemplares robados, y que para construirla recurre de manera muy poco clara al triste producto lingüístico de una traducción online. Pero de este “plagio”, traducción mediante, trataremos después.

La pregunta en cuestión es ¿cuáles son las “pruebas razonables” en qué se basa M. Á. Nepomuceno para afirmar que el mapamundi de la Comosmographia de Ptolomeo subastado el 21 de mayo se corresponde con uno de los ejemplares robados? Pues en las siguientes: “La casa de subastas Swaen vendió la Cosmografía de Ptolomeo por ocho mil dólares menos de lo que se anunció en la ficha publicada por «Fine Books» en su número de septiembre. […] La ficha de subasta estimaba su valor entre 60.000 y 90.000 $ cifra muy reducida para las que habitualmente se pagan por ejemplares «limpios»”. Es decir, el bajo precio por el que se ha vendido el mapa es indicativo para él de que se trata de un ejemplar no «limpio». Evidentemente este no es un argumento de peso, como mucho es un indicio de que el mapamundi no es un ejemplar “limpio”, pero de ahí a afirmar que se trata de uno de los ejemplares robados…

De la descripción que hace la casa de subastas del mapa podemos concluir que el pie de imprenta coincide con el de los ejemplares robados (véase post anterior para más datos), pero ofrece una diferencia significativa:  mientras el ejemplar subastado tiene las medidas 36.0 x 50.8 cm., los ejemplares descritos en el catálogo electrónico de la Biblioteca Nacional de España tienen las siguientes dimensiones: 540 x 390 mm o menos. Lógicamente podría haber una errata, o tal vez ese “menos” redujera el tamaño del ejemplar que ha perdido el mapa.

En cualquier caso, habría que tener más información para afirmar que estos son “pruebas razonables”. El mapa podría haber sido restaurado y maquillado, pero como afirma Mercedes del Corral en una “carta al director”: “Conviene sin embargo recordar que son varios los ejemplares de esta edición que se conservan en distintas grandes bibliotecas de todo el mundo y que tampoco puede descartarse que otros ejemplares continúen hasta ahora en colecciones particulares y sean sacados a subasta dado que otras láminas sueltas de mapamundis de Ptolomeo han aparecido con anterioridad en el mercado”. Respondida por M. Á. Nepomuceno.

Pese a todo, estimado M. Á. Nepomuceno, alabo su interés por los desmanes de la Biblioteca Nacional de España, no creo que como dice la directora de la BNE “promueva injustificamente la alarma pública” por tratar de indagar estas cuestiones, pero permítame sugerirle que sea más escrupuloso con los datos y más divulgativo en sus informaciones.

 

Ayer envié una “carta al director” al Diario de León en relación a la venta de un mapa de Ptolomeo, pero como no tengo opción alguna de saber si la carta va a ser publicada (“En ningún caso se informará al autor si la carta es publicada en la edición digital o en el diario de papel”, dice la edición digital del periódico) reproduzco aquí una versión ampliada de ella, con algunos nuevos matices añadidos.

En primer lugar quiero reconocer y destacar la labor del Diario de León en la defensa del patrimonio bibliográfico, como ya ha demostrado con la denuncia de los desperfectos sufridos por el Beato leonés de Fernado I y Sancha mal conservado por la BNE.

Miguel Ángel Nepomuceno viene publicando en el Diario de León en los últimos días nuevas informaciones sobre los mapamundis robados. El día 30 de septiembre el periódico dice en la entradilla de un reportaje titulado “Ptolomeo hace las Américas” que “La revista Fine Books publica un anuncio sobre la subasta de unos mapas de Ptolomeo impresos en Ulm en 1482 que pudieran coincidir con los desaparecidos en la Biblioteca Nacional de Madrid”. En el cuerpo del texto añade: “Los dos mapamundi […] podrían haber viajado hacia el Nuevo Mundo si se llegara a demostrar lo publicado en el número 200 perteneciente a los meses de septiembre/octubre de la prestigiosa revista norteamericana Fine Books”. Acompaña a la noticia una imagen de la supuesta publicidad de la casa de subastas Paulus Swaen:

El pie de la imagen del mapa que vemos parece que dice “PTOLOMY, Ulm, 1492… $ 64500”. Sin embargo, en el catálogo correspondiente publicado en pdf (con y sin imágenes) de la casa de subastas Paulus Swaen no aparece en ningún caso dicho mapa (ni en el buscador del portal), lo que me parece bastante extraño. ¿Ha ocultado finalmente Paulus Swaen que subasta esos mapas, o el anuncio no es más que un mero reclamo publicitario?

Con fecha de 1 de octubre el Diario de León informa que ha sido “Vendido el mapamundi de Ptolomeo robado en la Biblioteca Nacional”, subastado por 64500 euros, o sea, ¿el mismo precio de salida en subasta? Y al día siguiente, se publica la información de que “La Guardia Civil sigue a través del Diario la pista del mapa de Ptolomeo”, y añade algo que suma confusión a todo esto: “Según ha sabido este periódico, el citado mapamundi fue subastado en Internet por la firma norteamericana Swaen y vendido el 21 de mayo en 57.600 dólares, algo menos del precio de salida (65.400 dólares)”. ¿Pero no se había publicado dos días antes que la revista Fine Books anunciaba la subasta de dicho mapamundi en su número de septiembre – octubre? ¿Cómo encaja esta información con el hecho de que el mapamundi fue vendido el 21 de mayo?

Encuentro contradictorias y confusas estas informaciones. El Diario de León ha sido el único periódico (que conozca) que ha publicado estas noticias, y espero que aclare sus informaciones, pues realmente estoy interesado en saber qué sucede con el patrimonio español expoliado…

Lo más próximo al mapa de Ptolomeo, que he encontrado, que subasta Paulus Swaen estos días es, según su catálogo con imágenes (p. 108) es esto:

PTOLOMY,C./ WALDSEEMÜLLER, M., Tabula Moderna Germanie., Strasburg, Johann Schott , 1513-1520, 15.4 x 21.5 inches /39 x 54.5 cm, Good margins. Some very minor discolouration along center fold. Good impression., (Estimate: $2400 – 3500) Woodblock map of Ptolemaic Central Europe from Denmark to the Alps and from France to Poland. Title along top. No text on verso. Rare map from the first modern atlas by Martin Waldseemüller since it is the first Ptolemy edition with twenty new regional maps beside the traditional twenty-seven Ptolemaic maps derived from the 1482 Ulm edition. The Atlas is titled GEOGRAPHIE OPUS NOVISSIMA TRADUCTIONE E GRECORUM ARCHETYPIS and is one of the most important edition of Ptolemy Atlases.

Pero este mapa no tiene nada que ver con los mapas robados de la BNE. Se trata de una impresión de 1513-1520 en Estrasburgo, y por tanto no es un incunable. Según las informaciones que ha dado la prensa estos días los mapas robados procedían de sendos ejemplares de 1482 de la Cosmographia de Claudio Ptolomeo, que según el catálogo de la BNE tendrían por signaturas: Inc/116, y Inc/1475, y pie de imprenta: “Ulm: Leonardus Holle, 16 julio, 1482”. Por cierto, al ejemplar Inc/116 ya le faltaba un grabado, pero el otro ejemplar estaba íntegro, siempre según el catálogo de la BNE.

Quedamos, pues, a la espera de que el Diario de León aclare sus investigaciones, y confirme realmente si estamos tras una pista cierta.

Quería que este fragmento de Aurora (1881) de Friedrich Wilhem Nietzsche encabezara esta primera entrada, como una declaración de principios, la reivindicación de una disciplina arrinconada, o una definición de aquello a lo que me dedico…

 

“[…]

Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco años que seis? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo, y tal vez lo siga siendo. La palabra “filólogo” designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud.

Por esto precisamente resulta hoy más necesaria que nunca: precisamente por esto nos seduce y encanta en esta época nuestra de trabajo, esto es, de precipitación que se consume con una prisa indecorosa por acabar pronto todo lo que emprende, incluyendo el leer un libro, ya sea antiguo o moderno.

El arte al que me estoy refiriendo no logra acabar fácilmente nada; enseña a leer bien, es decir, despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos, con unos ojos y unos dedos delicados. Pacientes amigos míos, este libro no aspira a otra cosa que a tener lectores y filólogos perfectos. ¡Aprended, pues, a leerme bien!

Alta Engadina, otoño de 1886

 

Friedrich Nietzsche.”

(Friedrich Nietzsche, Aurora, M. E. Editores, Madrid, 1994, p. 32-33. Prólogo.)

La vigencia, la claridad, y la fuerza de este fragmento es tal que debiera tenerse una copia de él en todas las aulas de las facultades de filología. Siempre he pensado que los objetivos más importantes de la una facultad de filología debían ser enseñar a leer y escribir “despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos…” Y esta será nuestra intención; al menos lo intentaremos.

 

Portada de la primera edición de Aurora (1981)


La labor de Nietzsche como filólogo ha sido sepultada por la de filósofo, cuando probablemente no existió distinción para él entre una y otra disciplina. Con 25 años se convirtió en el profesor más joven de la Universidad de Basilia ingresando en 1869 en la cátedra de lengua y literaturas griegas.


Nietzsche por Munch

 

Imágenes tomadas de Nietzscheana