Ian Gibson


Tres veces tuve que publicar la entrada pasada (“Don Marcelino Menéndez Pelayo e Ian Gibson”), como comentario en el blog de Ian Gibson, porque las dos primeras fueron censuradas por el diario Público, limpieza que el diario no parece realizar con las decenas de comentarios basura, de trolls y de spam, que rellenan los comentarios de ese blog. En su nueva entrada Ian Gibson hace una reflexión sobre los blogs: “¿Bloguear o no bloguear? Esa es…”, y una de ellas alude a mi comentario (pues no hay otro que hable de la estatua): “Las reacciones adversas dan más que pensar que las benevolentes, naturalmente. Y más ganas de contestar (aprovecho para señalar que en mi último no creo haber recomendado, como se me achaca, que la estatua de Menéndez y Pelayo desaparezca de la Biblioteca Nacional, sino que tenga allí menos protagonismo, que no es lo mismo)”. Es evidente que a Ian Gibson no le ha gustado esta “reacción adversa” y que le gustaría responder otra cosa, pero se queda en lo superficial, en la estatua, y para colmo quiere que entendamos algo distinto de lo que realmente dice en su primera entrada: “¿Habría que dejarlo allí, él tan opuesto a los no afines, en el acceso a nuestra Biblioteca Nacional […]? Creo que hay debate interno al respecto. Yo por mí le buscaba una ubicación más respetuosa con el espíritu de la Constitución”. Y para mí que esa “ubicación más respetuosa” no es otra que la del almacén del MOPU en Madrid, junto a aquella otra estatua ecuestre que tiempo ha campaba por Nuevos Ministerios.

Estatua de Menéndez Pelayo en la BNE (Foto de Gorka Lejarcegi para El País, 30-08-2007)

Estatua de Menéndez Pelayo en la BNE (Foto de Gorka Lejarcegi para El País, 30-08-2007)

Ian Gibson arremete en la última entrada de su blog “Apuntes peripatéticos” del periódico Publico contra la figura de Marcelino Menéndez Pelayo. Confiesa que le perturba encontrar en el vestíbulo de la Biblioteca Nacional la estatua del filólogo santanderino, y aquella placa que dice: “Los católicos españoles por iniciativa de la Junta Central de Acción Católica”. Como volver a decir que Menéndez Pelayo era un católico extremista, un integrista de la moral, un referente de la derecha rancia y conservadora no es nuevo ni incierto, acaba con el sarcasmo, bajo y rastrero: “Pero no seamos maniqueos. Don Marcelino amaba la poesía y supo apreciar al joven Rubén Darío. También a las mujeres, sobre todo, según dicen las malas lenguas, las venales (lo cual no parecería reñido, claro está, con su condición de férreo defensor de la fe)”. Todo esto sin dejar de menospreciar su obra: “se le recuerda hoy sobre todo por su libro Historia de los heterodoxos españoles, ingente trabajo, me imagino que hogaño poco leído…”, y proponiendo recuperar aquella iniciativa de la otrora directora Rosa Regás, que en marzo de 2006 quería desterrar la estatua del filólogo a los jardines de la Biblioteca Nacional.

Ian Gibson

Ian Gibson

¿Y qué haces Rosa, Ian, con los cientos de miles de libros religiosos, de dura doctrina católica, que pueblan los estantes de la Biblioteca Nacional? ¿Los mandamos también al jardín? ¿Hacemos un donoso escrutinio de las biblias, sermones, doctrinarios, misales… y de toda la propaganda católica que supone el 80% de la producción impresa de los siglos XVI y XVII? Y si volvemos a las estatuas y hacemos escrutinio de conductas sexuales… ¿qué hacemos con Lope de Vega? Ese irreductible hombre de vida libertina y conciencia tormentosa que vivió amancebado con Marta de Nevares y cobraba al mismo tiempo por su oficio de sacerdote… Ciertamente, duele que un hispanista tan reconocido como Ian Gibson, que ha destacado por el estudio y la defensa de un hombre asesinado por su conducta sexual, caiga en la misma bajeza que lleva años, y con justicia, denunciando.