Jules Asimov


Annette ha descubierto que hablo solo. Nada nuevo en realidad para mí, salvo que se ha dedicado a estudiar el hábito, sus variaciones temáticas y frecuencias. Ahora, por ejemplo, sé que por las mañanas canto si he dormido bien o me enfrento al día con cierto entusiasmo. Me invento las rimas sobre la marcha y le aplico el sonsonete de alguna canción conocida. Al mediodía, cuando comemos con las noticias, usurpo el discurso al desfile de políticos y deportistas que pasan por el telediario para parodiar sus palabras o para decir aquello que creo que en realidad piensan pero callan. Invento un Rubalcaba, por ejemplo, que confiesa sus enredos o un Guardiola que defiende la independencia de Cataluña…

A veces las tardes me las paso murmurando. Annette me riñe desde la otra habitación y me pregunta con quién estoy hablando. Ella no puede entender que comprendo mejor el mundo cuando me desdoblo y me pregunto y respondo. Pero lo que yo no sabía era que también hablaba en sueños. Anoche, al parecer, estuve dando una conferencia sobre unos extraños hongos que se alimentan del papel de los libros antiguos y hace tres días mantuve lo que parecía una discusión en un inglés balbuceante e incomprensible. Lo que pienso y hablo y no escribo va rellenando huecos de silencio.

Jules Asimov

Me propuse dejar esta Maleta de libros exclusivamente para ellos, pero ha sido tan grande la mordaza del tiempo y el peso de la ignorancia… Ahora creo que he ido tascando la necesidad de escribir y de decir, refrenado todo por la brida del pudor y la vergüenza, por el respeto a un silencio autoimpuesto. Pero ahora que la edad va dejando de ser mera apariencia para calarse hasta los huesos y que la sombra de Andrés Hurtado se propone alcanzarme, voy a dejarme decir.

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Hace tres meses hice esa foto porque por un momento me sentí, o quise ser, tal vez, como ese árbol, iluminado aún, por poco tiempo, pero rodeado, sumergido por completo, en las sombras.

 

Jules Asimov

Hace años que no escribo un poema. Hace años que no escribo prácticamente nada. Después de aquel librito de La escalera del viento (2003) apenas sí he vuelto a la poesía. ¿Me abandonó la musa o la abandoné yo? No lo sé, pero me di cuenta de que lo mío tal vez no era la lírica, pese a mi empeño. No fue una decisión consciente, simplemente aquella expresión fue languideciendo dentro de mí poco a poco. El último poema que escribí hace ya dos años apareció en el Festival de Sevilla Foto de 2009. El otro día me sorprendí escribiendo unos versos en el tren a Pisa, pero fue solo el vago recuerdo de una vieja enfermedad.

Bien es verdad que después de aquel librito no dejé de escribir. Fue entonces que inicié los micro relatos del inacabado Ventanario. Inacabado, incompleto, no superado, como tantos proyectos… Durante los siguientes años escribí exclusiva y únicamente para mí, como terapia, aquel largo dietario, Cartas a A…, que acabó sepultado hace ya más de tres años.

Pero mientras mis compañeros de escritura, mis amigos, mi generación (por utilizar el término pedante…) han seguido su camino, creciendo, publicando, obteniendo premios, acumulando méritos, aumentado su “carrera literaria”, yo me he ido consumiendo en mi propia agrafía, en una especie de “Bartleby” como diría César V. o Vicente R. Serey. Aunque en realidad este mutismo ha sido producto de la destrucción e inacabamiento de lo poquísimo que he ido escribiendo, desarrollando con el tiempo una especie de temor ante la palabra propia. Un amor y un miedo paralelos y paralizantes.

¿Excesivo perfeccionismo? ¿Severa autocrítica o íntima flagelación psicológica? No ha sido por falta de ideas, ha sido por un duro autodescreimiento y una notable incapacidad de concluir el menor de los proyectos.

Jules Asimov