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(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

El encuentro

Hace unas semanas, en uno de mis paseos por Florencia, guiado solo por la curiosidad y el asombro, encontré inesperadamente un quiosco en la Piazza degli Strozzi. Exponía un conjunto de libros heterogéneos, usados, algunos casi rare books, pero los más eran libros de arte sobre Florencia e Italia. Rebusqué un poco sin mucha esperanza, y cuando ya me iba vi que en una lateral tenían un par de baldas incrustradas en el propio armatoste de chapa. Allí estaban los libros a un euro, en peor estado, afectados por la humedad considerablemente… y los títulos más variopintos y menos interesantes. Le dediqué unos minutos, porque con frecuencia son estos rincones del desastre los que más me interesan: puede haber algo de interés y el precio es asequible. Tras mucho trastear encontré un libro en cuarto de tapa dura tan afectado por la humedad que las primeras páginas estaban pegadas y no se veía el título. Aún así el texto comenzaba: “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”. Era el primer volumen de una edición italiana de La divina comedia de los años cincuenta.

La edición rescatada

De nuevo en la patria he buscado mi edición de las Obras completas de Dante Alighieri (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1994, 5ª edición).  Presenta La divina comedia en texto bilingüe, con versión castellana de Nicolás González Ruiz sobre la interpretación literal de Giovanni M. Bertini, y con la colaboración de José Luis Gutiérrez García…

En realidad esta edición de la “Biblioteca de Autores Cristianos” ha sido hecha por el Departamento de Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca; y aunque en los créditos se hace relación de multitud de cargos y responsables de la “comisión… universitaria” (y pontificia) relacionada con la BAC, no aparece o no queda claro, quién ha sido el editor o verdadero artífice de esta cuidadísima edición.

El volumen está encuadernado en pasta dura con tela, y con un camisa de llamativo color naranja. Las páginas blancas y finas se transparentan sin llegar a molestar en la lectura. Lo mejor es la disposición elegida para editar el texto, especialmente La divina comedia. En la parte superior de la página aparece la traducción o versión en prosa (en letra Garamond 8), marcada por los versos italianos que se traducen a continuación (en letra Garaline-regular 7). Finalmente, unas brevísimas notas a pie de página con letra diminuta aclaran aspectos culturales generales del texto en español. No obstante, los márgenes no son muy generosos, especialmente el superior, que con el encabezamiento agobia el arranque de la página. No hay espacio para escribir, tan solo me queda subrayar o dejar una de esas marcas con signo de exclamación que a veces hago para dejar constancia que aquello que allí se dice me conmovió o vi escrito de forma genial…

La introducción general y la versión de Nicolás González Ruiz

Nicolás González Ruiz (1897 – 1967) fue un escritor y periodista catalán hoy olvidado de vastos intereses culturales y literarios, pero que destacó especialmente por su dedicación al periodismo católico y por su capacidad y labor divulgativa. El 24 de junio de 1956 fecha la “Introducción General” a esta edición de La divina comedia, que fue publicada por primera vez en ese mismo año. Consciente de las dificultades que entraña introducir brevemente la obra de Dante, y teniendo muy en cuenta a quién va dirigida una obra publicada por la “Biblioteca del Autores Cristianos”, declara desde el principio que va a hablar de Dante “en calidad de escritor insigne que levantó sus creaciones literarias sobre una concepción cristiana de la vida y del mundo”, y pasa a comentar brevemente la época, la vida y la obra del poeta. Aunque trata de escribir con una prosa sencilla y mesurada, acaba haciendo concesiones a la galería, y cita la Enciclopedia Católica del Vaticano, que afirma que Dante es “el poeta más grande del catalocismo”. De esta forma el mismo abona esta singular apropiación católica de la figura de un escritor cuya obra está por encima de la fe, por mucho que utilice el cristianismo de plataforma para estructurar su obra. Y más aún cuando la figura de Dante no fue bien vista por la Iglesia durante siglos hasta que no llegó el abrazo vaticano definitivo con la encíclica In praeclara summorum de Benedicto XV (1854 – 1922) en 1921, a quien hace varias referencias N. González Ruiz para exculpar la inquietante “selva oscura” en la que reconocía Dante haberse extraviado. Por otra parte, en el bosquejo de la vida de Dante, el prologuista cae en disquisiciones muy propias de su época al hablar de la figura de la mujer, y en concreto, de Beatrice en estos términos: “Cualesquiera que fuesen los méritos de belleza, virtud y bondad acumulados en la persona de Beatriz, este caso demuestra, más palmariamente que otro algunos, hasta qué punto es la mujer, en ciertos aspectos, hija del hombre, lo que puede estimarse justa retribución de que, por otra parte, todo hombre haya nacido de mujer”.

Tal vez los editores de la BAC deberían haberse propuesto actualizar el prólogo en esta quinta edición de 1994 y profundizar, por mantener la coherencia con sus destinatarios cristianos, en las peculiares relaciones entre Dante y la Iglesia Católica en los últimos siglos.

Finalmente, el traductor señala en los criterios de la traducción que ha buscado “llevar al máximo la literalidad. Son, pues, intencionadas muchas construcciones cuya ordenación debería ser distinta”, pues trata de facilitar con ello el cotejo con el texto en italiano. La versión en prosa que realiza parte de “la interpretación literal de Giovanni María Bertini”, un hispanista italiano de origen barcelonés y coetáneo del traductor, al que imaginó que conoció…

Leer a Dante en Florencia

Dante vivió los últimos veinte años de su vida desterrado de su ciudad natal y fue entonces cuando escribió La Divina Comedia. Durante ese tiempo, cargado de intrigas políticas y enfrentamientos, Florencia fue para el propio Dante su particular infierno, purgatorio y paraíso. Por eso me pregunto si leer la obra en Florencia me permitirá comprenderla mejor, como si cotejara el texto antiguo con una ciudad moderna, o una ciudad cargada de historia y pasado con un texto vivo que sigue hablando siglos después…

Miro la extensa y dantesca bibliografía de esta obra. Se ha leído tanto y se ha escrito tanto durante tantos siglos, que me pregunto con qué sentido me lanzo a escribir y hablar de ella. Seré lector curioso, mas tal vez no discreto.

El reportaje (“Superventas made in Spain”) y la entrevista llevados a cabo por Aristóteles Moreno para Beta. Revista de libros y literatura (nº 2; julio-septiembre, 2008) me ha llevado a reflexionar un tema muy manido y debatido, pero que no por ello deja de tener vigencia.

Me parece muy acertado e interesante el panorama sobre el fenómeno de los bestsellers que traza Aristóteles Moreno en su reportaje a partir de las palabras literales de Ildefonso Falcones, Deborah Blackman (directora literaria de Plaza & Janés) y Carmen de Mora (Catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Sevilla –no Latinoamericana, como se dice–). El artículo indaga un poco en el origen del fenómeno en la literatura española (Terenci Moix, Antonio Gala, A. Pérez Reverte…), busca las claves o ingredientes que debe tener un bestseller, comenta el rendimiento de las estrategias de marketing, y confronta la defensa del bestseller con la opinión equilibrada de Carmen de Mora: “No es despreciable la venta masiva de un libro; lo despreciable es cuando está mal escrito”.

De la lectura del monográfico se desprende, como ya se sabe, que existen dos mundos literarios enfrentados: por una parte tenemos a los autores que escriben bestseller, y los editores, agentes literarios (y lectores) que los defienden. A los bestseller les respaldan la popularidad y el negocio editorial, sin embargo tienen en contra la opinión desfavorable de la crítica más prestigiada. En el otro extremo tenemos a los escritores que venden poco (a algunos de los cuales esto no le importa mucho) y a muchos críticos literarios. Estos propugnan una literatura de mayor calidad, pero cuentan con pocos y selectos lectores, y no responden a la rentabilidad económica que exige el negocio editorial. Este grupo habla de “literatura basura” para descalificar a los bestsellers, y son calificados de “puristas” o “los que escriben fino” o “gente que se la coge con papel de fumar” o “Normalmente, el crítico es un escritor fracasado y le fastidia que uno que tenga menos talente que él se haya montado en el dólar” en palabras de un acérrimo defensor de los superventas como Juan Eslava Galán. Los dardos y las pullas son mutuos entre los dos grupos, pero creo que los que tiene más gracia en este arte del vituperio literario son los de La Fiera Literaria. Por otra parte sería un error simplificarlo todo pensando que unos tienen la pasta y otros la calidad literaria, ni lo uno, ni lo otro…

Creo que en toda esta antigua y larga polémica hay que buscar un punto intermedio. Las editoriales son negocios (y no oeneges literarias) y es legítimo que busquen el producto que más beneficio económico les reporte, otra cosa es que en esta búsqueda invadan el mercado con obras deplorables. Es un error o vicio común de muchos críticos (consciente o inconscientemente) juzgar una obra literaria en función de sus ventas. Así para las muy vendidas se utiliza el término bestseller (con ese matiz despectivo que conlleva), y para las obras y autores poco conocidos se habla de literatura de culto (como si hubiera que rezar o comulgar con ella…). Y es que, como dice Deborah Blackman, “vender mucho no implica que la novela esté mal escrita”, ni que sea buena, añadiría yo. Objetivamente “vender mucho” solo implica ganancias económicas para la editorial y el autor, y es una cuestión que pertenece a la sociología de la literatura, y no a la crítica literaria o teoría de la literatura. ¿Quedará alguna vez claro que la calidad literaria no tiene nada que ver con las ventas de un libro? La confusión de los conceptos llega hasta extremos un poco esquizoides. En la pág. 12 de la entrevista a J. Eslava Galán, Aristóteles Moreno le pregunta: “¿El ‘best seller’ es un género literario en sí?”, y aquel responde: “Se podría tomar como género literario. Literalmente es el libro que se vende mucho. Pero, claro, un libro que se vende mucho podría ser Cien años de soledad y no podríamos calificarlo de ‘best seller’. O El Quijote o la Biblia y tampoco son ‘best seller’. Digamos que es un término comercial y no académico. Como género literario, podríamos decir que en los últimos 25 años ha surgido un tipo de libro que suele tener una serie de ingredientes que lo hacen un subgénero literario dentro de la novela, que es la intriga histórica o intriga religiosa con elementos de novela policíaca o de acción, tomando muchos elementos del cine”.

Las contradicciones son palmarias. Si bestseller es “un término comercial y no académico”, ¿cómo se le ocurre definirlo como “un subgénero dentro de la novela”? ¿Está traicionando el subconsciente a Eslava Galán cuando piensa que la buena y vendidísima literatura de El Quijote o Cien años de soledad no puede considerarse un bestseller?

Pero la entrevista nos reserva otras perlas y algún que otro comentario jactancioso. Cuando A. Moreno le pregunta: “Usted será de los pocos escritores en este país que vive de la literatura”. El autor jienense le responde: “Sí. Yo tengo una consideración muy cínica sobre los escritores. Nos dividimos en dos grandes grupos: los recolectores y los cazadores. Los recolectores son los que van de jurado a un premio, dan una conferencia o presentan la fiesta de la poesía en un pueblecito de Segovia. Luego están los cazadores, que son los que hacen libros. Yo estoy muy contento de poder considerarme en el grupo de los cazadores. Lo que hay en el panorama hispánico son recolectores”.

Pero resulta que el cazador de Juan Eslava Galán participa en jurados (Premio Minotauro 2007 y 2008, Premio de Novela Fernando Lara (varias ediciones), Concurso Nacional de Gastronomía Medieval “Ruta de los Castillos y las Batallas”, III Premio de Novela Fernando Quiñones, Premio Jaén 2004 de narrativa infantil y juvenil, Premio Azorín, etc.), y da conferencias sobre el Quijote, los templarios, la novela histórica, charlas para mayores, etc. Nada de esto puede ser reprochable o censurable, pero el cinismo tiene unos límites, y cuando se sobrepasan hay que hablar de sarcasmo.

En todo este debate me parece muy juicioso el comentario de Carmen de Mora: “Vivimos en una sociedad cómoda y buscamos una literatura que distraiga y no ofrezca resistencia en la lectura al lector”, idea que ya Vicente Luis Mora desarrollaba en profundidad en su excelente ensayo La luz nueva. Claro que es legítimo buscar el solaz y el mero entretenimiento en la lectura, sin tener que enfrentarse a grandes complicaciones, pero no nos engañemos: no tiene el mismo valor leer La Celestina que Corín Tellado. Dice Eslava Galán: “Si a una señora le interesan las novelas de amor de Corín Tellado, ¿por qué no? ¿Por qué tiene que leer esa señora La Celestina si no le dice nada?” Pero hay que invertir esta perversa idea. Si a una señora le interesan las novelas de amor ¿por qué le vamos a dar unas tan malas como las de Corín Tellado? ¿Es que esa señora no tiene derecho a leer también otras novelas de amor, que le aporten más y no le planteen problemas de compresión? ¿Qué tal Fortunata y Jacinta o Insolación de Pardo Bazán?

Otra idea perversa y muy extendida es pensar que lo importante es leer, y que da igual lo que se lea, Eslava Galán de nuevo (p. 14): “A mí me han preguntado muchas veces mi opinión sobre […] El Código Da Vinci. Mi opinión es siempre positiva, porque aunque las personas excesivamente finas piensan que eso es auténtica basura literaria, yo pienso que en el mundo hay muchos millones de personas que jamás hubieran leído un libro si no hubieran leído ese. Y de esos muchos millones de personas que leyeron ese libro y fue el primero, un porcentaje más o menos elevado se ha enganchado a la literatura y sigue leyendo”. Dejando a un lado que esto es algo indemostrable, me pregunto qué provecho tiene leer literatura basura cuando puede leerse literatura de calidad. Me parece que este remedio es un consuelo para los tontos: “tú lee, da igual lo que leas: el Marca o Cien años de Soledad”. Además esta forma de leer suele venir acompañada de una forma paralela de escribir: “tú escribe, da igual lo que escribas…”. Pensar que uno puede “enganchar” a la literatura -¿a qué literatura?- partiendo de El Código Da Vinci, es como decir que uno comienza a ver culebrones y programas rosa en la televisión, y acaba aficionándose al cine clásico en blanco y negro… Esta idea consolatoria de que lo importante, por encima de todo, es leer carece de fundamento, porque procede de esa mentalidad un tanto nihilista del “todo vale”. Y no… no es lo mismo que un chico con dieciséis años lea el Lazarillo que El Código Da Vinci. Enseguida los que defienden esta idea salen con el argumento: “Mejor es que lea El Código… a que no lea nada”. Y yo me pregunto, ¿de verdad es mejor? ¿mejor que qué…?

CODA: De la misma entrevista entresaco estas palabras en las que Eslava Galán habla de su propio estilo. Esto es lo que popularmente se conoce como “amor a la palabra”: “Si de algo puedo estar orgulloso es de una cierta técnica a la hora de escribir. Esa desolación de la página en blanco yo nunca la he tenido. Yo sé que primero hay que escribir la novela mal, pero que sea coherente y que cuente cosas, sin tener en cuenta el estilo. Yo siempre doy tres repasos a la novela y, si necesita más, le doy cuatro. Y ya, en el último me preocupo del estilo. Pero, mientras tanto, sólo me preocupo de la trama, de que los personajes sean coherentes, que no aburra.”

Una de las satisfacciones más singulares que tengo como lector ha sido conseguir que algunas personas de mi entorno familiar, no propensas a la lectura, leyeran alguna de mis sugerencias. Es una tarea difícil, pero muy gratificante. Esta inclinación personal comenzó hace ya mucho tiempo, y ha tenido sus fracasos (con títulos como El Lazarillo de Tormes o Cien años de soledad) y sus aciertos (Gogol, Julio Verne, Salvador Gutiérrez Solís, o Alberto Manguel, entre otros). Sé que es un catálogo muy variopinto, tal vez poco ortodoxo, pero cuando se intenta “animar a la lectura” uno debe que cumplir varios requisitos: haber leído los libros que se recomiendan, ir de la persona al libro y no del libro a la persona, transmitir interés y pasión por la historia, el autor, la forma en la que está escrito, y compartir las impresiones y opiniones sobre la lectura. Y muchas veces ni con estos requisitos se consigue…

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Creo que a veces las estrategias para la animación a la lectura se plantean mal, porque se sobreintencionan, y acaban “acosando” a los no lectores. Además, no es lo mismo “animar a la lectura” a niños o adolescentes, que a adultos (de una franja de edad y un nivel de educación muy dispar). Las campañas de “animación a la lectura” están dirigidas a niños, que son, estadística y paradójicamente, los que más leen: “El 84,5% de los niños entre 10 y 13 años se declaran lectores, según el Barámetro de hábitos de lectura de la Federación de Gremios de Editores de España. Los adultos, sin embargo, suelen quedar al margen de estas campañas, cuando debieran ser ejemplo y modelo de lo que se predica.

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M. me sorprendió enormemente el otro día. Espontáneamene, y sin yo saberlo, había cogido el libro con el que andaba, y leyó un relato. Le entusiasmó tanto que acabé dejándoselo, aún sin terminarlo. Algunos días me comenta algo de lo que ha leído, lo que no entiende, lo que lee con cierta ingenuidad, o algunas interpretaciones personales sorprendentes. Ayer, en mitad de la comida, me habló maravillada de lo bueno que le parecía este párrafo:

 

“Su padre le ha enseñado que cada cual ha recibido de Dios una sola alma, pero que el sábado Dios presta a cada hombre una segunda alma, que lo ilumina y santifica desde un ocaso a otro; y por eso, no sólo no se trabaja en sábado, sino que tampoco se pueden tocar las herramientas, como el martillo, las tijeras y la pluma, y menos aún el dinero, con objeto de no envilecer el alma sabática. Ni siquiera pueden los niños cazar mariposas, pues esta actividad entra en el concepto de caza, y ésta en el concepto más amplio de trabajo; y, además, porque el sábado es un día de libertad para todos, animales incluidos. No se ha de olvidar que también los animales honran al Creador, y que las gallinas, cuando beben, levantan el pico al cielo para dar gracias por cada uno de los sorbos” (“Cansado de ficciones” en Lilit y otros relatos de Primo Levi, Península, Barcelona, 1989).

El párrafo nos permitió celebrar la belleza de una prosa sencilla y efectiva, que va encadenando sus frases de una manera natural, y que es capaz de reinterpretar elementos comunes de la naturaleza para darles una significación religiosa sin caer en el lugar común, e invirtiendo incluso los términos más usados. No se dice que Dios creó los animales, sino que estos se lo agradecen…  y se recurre como broche de oro a una imagen campestre, casi adánica, que la propia M. me sugirió a su modo: “Parece que está hablando de los primeros hombres…”.

Creo que la mejor forma de “animar a la lectura” es compartirla.