La primera vez que encontré a Saramago fue a finales de 1998 en una estantería de novedades de la biblioteca del colegio privado en el que estudiaba.  Recuerdo perfectamente que compartía espacio con una novela de Günter Grass y que tardé en decidirme… aquella novela era Todos los nombres y con ella empezó mi relación con José Saramago como lector.

Las primeras cuarenta o cincuenta páginas de Todos los nombres me resultaron un tanto tortuosas. El lector que comienza a leer a Saramago se encuentra con un estilo verdaderamente personal, marcado por uso particular de la puntuación, con un vaivén de palabras entre interlocutores cuando se leen los diálogos, pero al mismo tiempo con música, con ritmo, con una voz que inesperadamente se hace cercana y te habla al oído.

Luego llegó la universidad y Annette… que primero comprendió mi pasión por él y luego no tardó en contagiarse de la misma. Uno a uno fue regalándome sus libros en algo que con el tiempo se convirtió en un íntimo rito amoroso, porque el libro que llegaba casi todas las navidades y que me entregaba por aquel día significaba mucho más que un regalo…

En la primavera del año 2001 Saramago vino a presentar La caverna a Sevilla. Tengo en la mente la imagen de Persiles C. B. contagiado por mi pasión literaria por el escritor, y admirado por sus ideas de izquierdas, anti-globalización, por los derechos humanos…, que espera conmigo en aquella tarde lluviosa en la cola que se forma frente a la Librería Repiso una hora antes de que el autor empiece a firmar libros. Aquel fue el primer autógrafo que conseguí y la primera y única vez que lo saludé. Esa misma tarde fuimos a la conferencia que daba en la sala de Cajasol, y recuerdo claramente aquel marcado acento portugués, cadencioso, diciendo verdades sin alterar el tono ni la voz, creando unos silencios angustiosos cuando se callaba. Allí lo oí decir que el primer programa que tenía que tener todo partido político era la Declaración Universal de los Derechos Humanos…

Con los años tuve ocasión de oírlo en otras ocasiones: en el Aula Magna de Filología Hispánica de la Universidad de Sevilla, también con Persiles, sentados en las escaleras; o en una abarrotada sala de la Diputación de Sevilla… esa fue la última vez que lo vi.

José Saramago era un hombre alto y delgado, por momentos parecía serio y triste, como un quijote melancólico, pero tenía una sonrisa cargada de humanidad… Esto ha sido lo que en el fondo más he admirado del escritor, su humanidad tanto en sus gestos como en sus libros…

Humano… demasiado humano, incluso para equivocarse… Aunque me he sentido muy cercano al discurso de izquierdas de Saramago, especialmente en su defensa de los derechos humanos y de su crítica al poder, a la democracia y al sistema económico… no puedo entender que no haya querido ser un hombre independiente, al margen de cualquier partido, incluido el comunista… y es que para mí el gran error del pacifista fue abrazar al comandante Castro, abrazarlo no sólo física sino simbólicamente. Tan grande fue ese yerro que el propio Saramago intentó distanciarse con el tiempo…

He leído muchos de sus libros, y por suerte aún me quedan algunos importantes. Empecé con Todos los nombres (kafkiana historia del amor platónico de un funcionario), La caverna (probablemente una de sus mejores novelas), Ensayo sobre la ceguera (la obra que siempre recomiendo para entrar en su literatura), Cuadernos de Lanzarote, El hombre duplicado, Casi un objeto, Ensayo sobre la lucidez, Memorial del convento (posiblemente la mejor historia de amor del autor con los inolvidables Sietesoles y Sietelunas…), Las intermitencias de la muerte, Las pequeñas memorias, El viaje del elefante, Caín…

La literatura de Saramago estaba cargada de ironía y humor, de lucidez y crítica, de música y poesía, de humanidad… Y es que Saramago, como si fuera un dios…, sabía darle vida a sus personajes. ¿Cómo no invocar aquí a Encontrado, Cipriano Algor, José, Sietesoles, Caín, Subhro y Salomón..? Y las mujeres, sobre todo las mujeres, como Blimunda o la protagonista de Ensayo sobre la ceguera

Pero si tuviera que elegir una escena, solo una, de todo lo que he leído me quedaría con el final de La Caverna, cuando Cipriano Algor tiene que dejar lo que ha sido su mundo, su vida, su casa, su horno de alfarero y se despide de todo de esta manera tan poética y resignada:

La mañana de la partida apareció con el cielo grisáceo, había llovido por la noche, en la explanada se veían, aquí y allí, pequeñas pozas de agua, y el moral, para siempre agarrado a la tierra, todavía goteaba. Vamos, preguntó Marcial, Vamos, dijo Marta. Subieron a la furgoneta, los dos hombres delante, las dos mujeres atrás, con Encontrado en medio, y cuando Marcial iba a poner el coche en movimiento, Cipriano Algor dijo bruscamente, Espera. Salió de la furgoneta y dirigió los pasos al horno, Adonde va, preguntó Marta, Qué irá a hacer, murmuró Isaura. La puerta del horno fue abierta, Cipriano Algor entró. Poco después salió, venía en mangas de camisa y se servía de la chaqueta para transportar algo pesado, unos cuantos muñecos, no podría ser otra cosa, Quiere llevárselos de recuerdo, dijo Marcial, pero se equivocaba, Cipriano Algor se aproximó a la puerta de la casa y comenzó a disponer las estatuillas en el suelo, de pie, firmes en la tierra mojada, y cuando las colocó a todas, volvió al horno, en ese momento ya los otros viajeros habían bajado de la furgoneta, ninguno hizo preguntas, uno a uno entraron también en el horno y fueron sacando los muñecos al aire libre, Isaura corrió a la furgoneta para buscar un cesto, un saco, cualquier cosa, y las figurillas iban poco a poco ocupando el espacio frente a la casa, y entonces Cipriano Algor entró en la alfarería y retiró con cuidado de la estantería las figurillas defectuosas que había juntado, y las unió a sus hermanas correctas y sanas, con la lluvia se convertirán en barro, y después en polvo cuando el sol las seque, pero ése es el destino de todos nosotros, ahora ya no es delante de la casa donde las figurillas están de guardia, también defienden la entrada de la alfarería, al final serán más de trescientos muñecos mirando de frente, payasos, bufones, esquimales, mandarines, enfermeras, asirios de barbas, hasta ahora Encontrado no ha derribado ninguno, Encontrado es un perro consciente, sensible, casi humano, no necesita que le expliquen lo que está pasando aquí. Cipriano Algor cerró la puerta del horno, dijo, Ahora podemos irnos.

El último gesto de Cipriano Algor siempre me ha acompañado. Dudo mucho que en las últimas décadas se haya reescrito el tópico de la muerte como igualadora de todos (“allegados son iguales…”) de una manera más poética y cargada de simbolismo que esta. Ese ejército de figurillas de barro que esperará la lluvia y luego el sol, y luego quién sabe si otras manos que lo levanten y le den otra forma… Cipriano Algor como dios que sacrifica a sus propias criaturas, las estatuillas sanas y los muñecos defectuosos, todos iguales ante el día final.

¿De dónde tomó Saramago esta imagen? Aunque su imaginación era portentosa, su literatura beben más de lo que parece de su experiencia personal. Encuentro otro texto que conecta con este directamente y que muestra bien cómo era la mirada de Saramago:

Soy nieto de un hombre que, al presentir que la muerte estaba a su espera en el hospital a donde lo llevaban, bajó al huerto y fue a despedirse de los árboles que había plantado y cuidado, llorando y abrazándose a cada uno de ellos, como si de un ser querido se tratara. Este hombre era un simple pastor, un campesino analfabeto, no un intelectual, no un artista, no una persona culta y sofisticada que hubiera decidido salir del mundo con un gran gesto que la posteridad registraría. Se diría que estaba despidiéndose de lo que hasta entonces había sido su propiedad, pero su propiedad eran también los animales de los que vivía y no se acercó hasta ellos para decirles adiós. Se despidió de la familia y de los árboles como si todo fuese para él su familia.

Este episodio sucedió, fue real, no es fruto de mi imaginación. En muchos años jamás oí de boca de mi abuelo palabra alguna sobre árboles en general y esos en particular que no estuvieran motivadas por razones prácticas. Luego no podría esperar, nadie podría esperarlo, que la última manifestación consciente de la personalidad del viejo hombre tocara la línea de lo sublime. Y sin embargo sucedió.

Nunca podré saber qué pasó en el espíritu de mi abuelo en aquella hora extrema, qué pensó o sintió, qué llamada urgente encaminó sus pasos inseguros hasta los árboles que lo esperaban. Tal vez porque sabía que los árboles no se pueden mover, que están sujetos a la tierra por las raíces y de ellas no pueden separarse, a no ser para morir. En el fondo de su corazón tal vez mi abuelo supiera, de un saber misterioso, difícil de expresar con palabras, que la vida de la tierra y de los árboles es una sola vida. Ni los árboles pueden vivir sin la tierra, ni la tierra puede vivir sin los árboles. Incluso hay quien afirma que los únicos habitantes naturales del planeta son ellos, los árboles. ¿Por qué? Porque se nutren directamente de la tierra, porque la agarran con sus raíces y por ella son agarrados. Tierra y árbol, aquí está la simbiosis perfecta. [De “La despedida de Jerónimo Melrinho”, en Natura, suplemento de El Mundo, 11 de marzo de 2006]

Ha muerto Saramago, pero volverá con sus cenizas a Azinhaga y a mezclarse con las del Timanfaya.