Una de las satisfacciones más singulares que tengo como lector ha sido conseguir que algunas personas de mi entorno familiar, no propensas a la lectura, leyeran alguna de mis sugerencias. Es una tarea difícil, pero muy gratificante. Esta inclinación personal comenzó hace ya mucho tiempo, y ha tenido sus fracasos (con títulos como El Lazarillo de Tormes o Cien años de soledad) y sus aciertos (Gogol, Julio Verne, Salvador Gutiérrez Solís, o Alberto Manguel, entre otros). Sé que es un catálogo muy variopinto, tal vez poco ortodoxo, pero cuando se intenta “animar a la lectura” uno debe que cumplir varios requisitos: haber leído los libros que se recomiendan, ir de la persona al libro y no del libro a la persona, transmitir interés y pasión por la historia, el autor, la forma en la que está escrito, y compartir las impresiones y opiniones sobre la lectura. Y muchas veces ni con estos requisitos se consigue…

 ***

Creo que a veces las estrategias para la animación a la lectura se plantean mal, porque se sobreintencionan, y acaban “acosando” a los no lectores. Además, no es lo mismo “animar a la lectura” a niños o adolescentes, que a adultos (de una franja de edad y un nivel de educación muy dispar). Las campañas de “animación a la lectura” están dirigidas a niños, que son, estadística y paradójicamente, los que más leen: “El 84,5% de los niños entre 10 y 13 años se declaran lectores, según el Barámetro de hábitos de lectura de la Federación de Gremios de Editores de España. Los adultos, sin embargo, suelen quedar al margen de estas campañas, cuando debieran ser ejemplo y modelo de lo que se predica.

***

 

M. me sorprendió enormemente el otro día. Espontáneamene, y sin yo saberlo, había cogido el libro con el que andaba, y leyó un relato. Le entusiasmó tanto que acabé dejándoselo, aún sin terminarlo. Algunos días me comenta algo de lo que ha leído, lo que no entiende, lo que lee con cierta ingenuidad, o algunas interpretaciones personales sorprendentes. Ayer, en mitad de la comida, me habló maravillada de lo bueno que le parecía este párrafo:

 

“Su padre le ha enseñado que cada cual ha recibido de Dios una sola alma, pero que el sábado Dios presta a cada hombre una segunda alma, que lo ilumina y santifica desde un ocaso a otro; y por eso, no sólo no se trabaja en sábado, sino que tampoco se pueden tocar las herramientas, como el martillo, las tijeras y la pluma, y menos aún el dinero, con objeto de no envilecer el alma sabática. Ni siquiera pueden los niños cazar mariposas, pues esta actividad entra en el concepto de caza, y ésta en el concepto más amplio de trabajo; y, además, porque el sábado es un día de libertad para todos, animales incluidos. No se ha de olvidar que también los animales honran al Creador, y que las gallinas, cuando beben, levantan el pico al cielo para dar gracias por cada uno de los sorbos” (“Cansado de ficciones” en Lilit y otros relatos de Primo Levi, Península, Barcelona, 1989).

El párrafo nos permitió celebrar la belleza de una prosa sencilla y efectiva, que va encadenando sus frases de una manera natural, y que es capaz de reinterpretar elementos comunes de la naturaleza para darles una significación religiosa sin caer en el lugar común, e invirtiendo incluso los términos más usados. No se dice que Dios creó los animales, sino que estos se lo agradecen…  y se recurre como broche de oro a una imagen campestre, casi adánica, que la propia M. me sugirió a su modo: “Parece que está hablando de los primeros hombres…”.

Creo que la mejor forma de “animar a la lectura” es compartirla.