(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. Memoria. El arranque del “Canto II” es el verdadero inicio del Infierno, como marcan claramente los vv. 1-9. Aquí junto a la tópica invocación de ayuda a las musas, el poeta pide también: “o mente che scrivesti ciò ch’io vidi, / qui si parrà la tua nobilitate”, que Nicolás González Ruiz traduce como: “¡Oh mente que escribiste lo que vi! Aquí se advertirá tu nobleza”. Pero en este punto parece que la traducción está deturpada. Basta con cotejarlo con la versión de Luis Martínez Merlo (que recomiendan en los comentarios): “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”. Y es que no es lo mismo mente que memoria, y no es este un error baladí. De su importancia bien habla T. Rodríguez aquí.

Lector que te internas en la “selva selvaggia” de La Divina Comedia no te fíes de lo que lees. A cada paso mira con qué pie pisas los tercetos, porque la “diritta via” del sentido es “smarrita” con frecuencia en todo traslado…

2. Eres sabio…: A pesar de todo la versión en prosa de N. González Ruiz permite una lectura más cercana al pensamiento del original, con más matices, como en el verso 36: “se’savio; intendi mei ch’i’non ragiono”, que traduce magníficamente: “Tu eres un sabio: entiende lo que no acierto a decir”, matiz que se pierde o modifica en la versión de L. Martínez Merlo “eres sabio; ya entiendes lo que callo”, o que desaparece pedestremente en la de Bartolomé Mitre: “bien lo alcanza tu sabia perspicacia”. Y qué importante es el matiz en Dante, porque en este pasaje el poeta italiano le habla de rodillas a Virgilio, preguntándole si es digno de ser guiado por él. Al mismo tiempo esta definiendo al hombre sabio: entender aquello que ni siquiera se expresa con propiedad o razón.


William Blake, ilustración del final del Canto II,
cuando Dante y Virgilio “intrai per lo cammino alto e silvestro”.

3. ¿El temor de Dante es el “temor de Dios”? En su respuesta, Virgilio le explica, con un elegante circunloquio, que su alma “ha sido atacada por la cobardía”, y le cuenta cómo ha sido Beatrice quien le ha enviado para ayudarle. En su conversación con la “mujer virtuosa”, Virgilio le pregunta por qué no ha tenido miedo de bajar hasta el Infierno para avisarlo. La respuesta de Beatrice me parece muy hermosa, una verdadera arenga a Dante, a través de las palabras de Virgilio, un pensamiento tan vigente y certero que podría repetirse como un mantra para espantar el temor, las dudas y el pavor: “Se han de temer tan sólo aquellas cosas que puedan dañar al prójimo; las demás no, pues no dan miedo”. Me pregunto si esta afirmación, leída en el contexto cristiano dominante de La Divina Comedia, no roza lo herético, porque ¿dónde está el “temor de dios”? Claro que todo depende de cómo se quiera entender: “El temor de Dios es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13).

Lector que hasta aquí llegas, no pierdas la “diritta via”
y sigue el commento de La Divina Comedia
en el Trópico de la Mancha.

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

1. El primer verso. El cincelado verso en bronce que inicia La Divina Comedia, “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”, siempre me llamó la atención porque ¿cómo saber cuál es la mitad de la vida? ¿O es que la mitad de la vida se mide en unas coordenadas no temporales? Este verso me evoca una cita de una obra de Nietzsche que no he conseguido recuperar, pero que el propio filósofo viene a repetir en una carta a su amigo Peter Gast el 11 de septiembre de 1879: “Estoy llegando al final de los treinta y cinco años, a la ‘mitad de la vida’, según se ha venido refiriendo uno a esta edad durante mil quinientos años. A esa edad tuvo Dante su visión, como recuerda en las primeras palabras de su poema. Ahora yo estoy en la mitad de la vida, pero tan circundado ‘por la muerte’, que ésta podría atraparme en cualquier momento”. Aunque la idea tal vez sea más antigua de lo que pensaba F. Nietzsche (Salmos 90:10: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…”). En cualquier caso, ambos rondaban los treinta y cinco años cuando escribieron estas palabras, Dante vivió poco más de veinte años, Nietzsche unos diez; los dos se encontraban probablemente en el mejor momento de sus vidas en esa mitad del camino.

Hoy, sin embargo, treinta y cinco años es la edad límite que establecen muchos concursos y premios literarios…

2. Ubi? La crítica considera que el “Canto I” es, en realidad, una introducción a las tres partes de La Divina Comedia. Es en este inicio donde Dante intenta explicar dónde se encuentra. La lectura más común del pasaje opone a la “selva oscura”, alegoría del pecado y del vicio, el monte o la cumbre, “aureoleada ya por los rayos planeta [= sol / Dios]”, que encarna la vida virtuosa. Parece sencillo, pero es una lectura (justa y plenamente cristiana) que se queda en el primer peldaño del simbolismo de la obra. No pretendo ahora hacer aquí sutiles disquisiciones y rebuscadas o sesudas interpretaciones; me basta con quedarme al pie de la escalera y contemplar maravillado todo lo que intuyo y no alcanzo a ver…

El poeta, que habla en pasado, parece recordar como ha sido su vivencia en esa selva, y quiere contar lo que vio (v. 7: “dirò de l’altre cose ch’io v’ha scorte”), al mismo tiempo que ese recuerdo se mezcla con el sueño (v. 11: “tant’era pieno di sonno a quel punto”). De manera que si por una parte parece salir (o entrar) en una “selva oscura” (o “selva selvaggia”), por otra se encuentra “al pie de una colina donde terminaba aquel valle” (vv. 13-14), y al poco sigue caminando por una playa (v. 29: “ripresi via per la piaggia diserta”), después de haber desarrollado un par de metáforas acuáticas para explicar el miedo que siente (vv. 19-20: “…se calmó un poco el miedo que había agitado el lago de mi corazón” y vv. 22-25: “Y lo mismo que aquel que ha logrado salir […] del piélago a la orilla, se vuelve a mirar el agua llena de peligros, así mi espíritu…”. ¿Qué oscuro lugar es este en realidad?

3. Virgilio. Tras ser acorralado por las tres fieras alegóricas (la pantera o la lujuria, el león o la soberbia, la loba o la avaricia), el poeta encuentra en el “vasto desierto” una figura humana a la que implora misericordia: “¡Ten piedad de mí, quienquiera que seas, hombre o sombra!” (vv. 65-66). Comparto el asombro de T. Rodríguez por esta forma de introducir a Virgilio, claro que en la traducción se pierde la aliteración y el anudamiento forma y contenido del italiano y la casi igualdad entre sombra/hombre: “od ombra od omo”. La respuesta de Virgilio no deja de ser también enigmática, pues acaba definiéndose por negación “No soy hombre. Hombre fui” (v. 67).

Son interesantes las reflexiones de Alejandro Oliveros en su Diario literario 1999 (pág. 95 y ss.) en torno a las razones que llevaron a Dante tomar a Virgilio de guía y no a Homero.

Botticelli ilustra el “Canto I”.

Es recomendable ver el pequeño comentario de sobre la imagen que se hace en este blog.

4. Así habló Zaratustra. El “Canto I” me conduce hasta el inicio de Así habló Zaratustra. Parece que Nietzsche, que conocía bien La Divina Comedia, quiso imitarla a su manera, poética y simbólica, en el “Prólogo de Zaratustra”:

“1. Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, – y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.

[…] ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.

Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!

[…] ¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»

– Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

2. Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra…”

“Prólogo de Zaratustra” en Así habló Zaratustra (1883-1885) de Friedrich Nietzsche.

[1] Cfr. el prólogo de Manuel Barrios Casares, “Nietzsche: la crítica de la metafísica como curvatura de la ilustración”, en Humano, demasiado humano: un libro para espíritus libres, Madrid, Akal, 2007, p. 8, en nota.

(de la serie: Leer La Divina Comedia en Florencia)

El encuentro

Hace unas semanas, en uno de mis paseos por Florencia, guiado solo por la curiosidad y el asombro, encontré inesperadamente un quiosco en la Piazza degli Strozzi. Exponía un conjunto de libros heterogéneos, usados, algunos casi rare books, pero los más eran libros de arte sobre Florencia e Italia. Rebusqué un poco sin mucha esperanza, y cuando ya me iba vi que en una lateral tenían un par de baldas incrustradas en el propio armatoste de chapa. Allí estaban los libros a un euro, en peor estado, afectados por la humedad considerablemente… y los títulos más variopintos y menos interesantes. Le dediqué unos minutos, porque con frecuencia son estos rincones del desastre los que más me interesan: puede haber algo de interés y el precio es asequible. Tras mucho trastear encontré un libro en cuarto de tapa dura tan afectado por la humedad que las primeras páginas estaban pegadas y no se veía el título. Aún así el texto comenzaba: “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”. Era el primer volumen de una edición italiana de La divina comedia de los años cincuenta.

La edición rescatada

De nuevo en la patria he buscado mi edición de las Obras completas de Dante Alighieri (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1994, 5ª edición).  Presenta La divina comedia en texto bilingüe, con versión castellana de Nicolás González Ruiz sobre la interpretación literal de Giovanni M. Bertini, y con la colaboración de José Luis Gutiérrez García…

En realidad esta edición de la “Biblioteca de Autores Cristianos” ha sido hecha por el Departamento de Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca; y aunque en los créditos se hace relación de multitud de cargos y responsables de la “comisión… universitaria” (y pontificia) relacionada con la BAC, no aparece o no queda claro, quién ha sido el editor o verdadero artífice de esta cuidadísima edición.

El volumen está encuadernado en pasta dura con tela, y con un camisa de llamativo color naranja. Las páginas blancas y finas se transparentan sin llegar a molestar en la lectura. Lo mejor es la disposición elegida para editar el texto, especialmente La divina comedia. En la parte superior de la página aparece la traducción o versión en prosa (en letra Garamond 8), marcada por los versos italianos que se traducen a continuación (en letra Garaline-regular 7). Finalmente, unas brevísimas notas a pie de página con letra diminuta aclaran aspectos culturales generales del texto en español. No obstante, los márgenes no son muy generosos, especialmente el superior, que con el encabezamiento agobia el arranque de la página. No hay espacio para escribir, tan solo me queda subrayar o dejar una de esas marcas con signo de exclamación que a veces hago para dejar constancia que aquello que allí se dice me conmovió o vi escrito de forma genial…

La introducción general y la versión de Nicolás González Ruiz

Nicolás González Ruiz (1897 – 1967) fue un escritor y periodista catalán hoy olvidado de vastos intereses culturales y literarios, pero que destacó especialmente por su dedicación al periodismo católico y por su capacidad y labor divulgativa. El 24 de junio de 1956 fecha la “Introducción General” a esta edición de La divina comedia, que fue publicada por primera vez en ese mismo año. Consciente de las dificultades que entraña introducir brevemente la obra de Dante, y teniendo muy en cuenta a quién va dirigida una obra publicada por la “Biblioteca del Autores Cristianos”, declara desde el principio que va a hablar de Dante “en calidad de escritor insigne que levantó sus creaciones literarias sobre una concepción cristiana de la vida y del mundo”, y pasa a comentar brevemente la época, la vida y la obra del poeta. Aunque trata de escribir con una prosa sencilla y mesurada, acaba haciendo concesiones a la galería, y cita la Enciclopedia Católica del Vaticano, que afirma que Dante es “el poeta más grande del catalocismo”. De esta forma el mismo abona esta singular apropiación católica de la figura de un escritor cuya obra está por encima de la fe, por mucho que utilice el cristianismo de plataforma para estructurar su obra. Y más aún cuando la figura de Dante no fue bien vista por la Iglesia durante siglos hasta que no llegó el abrazo vaticano definitivo con la encíclica In praeclara summorum de Benedicto XV (1854 – 1922) en 1921, a quien hace varias referencias N. González Ruiz para exculpar la inquietante “selva oscura” en la que reconocía Dante haberse extraviado. Por otra parte, en el bosquejo de la vida de Dante, el prologuista cae en disquisiciones muy propias de su época al hablar de la figura de la mujer, y en concreto, de Beatrice en estos términos: “Cualesquiera que fuesen los méritos de belleza, virtud y bondad acumulados en la persona de Beatriz, este caso demuestra, más palmariamente que otro algunos, hasta qué punto es la mujer, en ciertos aspectos, hija del hombre, lo que puede estimarse justa retribución de que, por otra parte, todo hombre haya nacido de mujer”.

Tal vez los editores de la BAC deberían haberse propuesto actualizar el prólogo en esta quinta edición de 1994 y profundizar, por mantener la coherencia con sus destinatarios cristianos, en las peculiares relaciones entre Dante y la Iglesia Católica en los últimos siglos.

Finalmente, el traductor señala en los criterios de la traducción que ha buscado “llevar al máximo la literalidad. Son, pues, intencionadas muchas construcciones cuya ordenación debería ser distinta”, pues trata de facilitar con ello el cotejo con el texto en italiano. La versión en prosa que realiza parte de “la interpretación literal de Giovanni María Bertini”, un hispanista italiano de origen barcelonés y coetáneo del traductor, al que imaginó que conoció…

Leer a Dante en Florencia

Dante vivió los últimos veinte años de su vida desterrado de su ciudad natal y fue entonces cuando escribió La Divina Comedia. Durante ese tiempo, cargado de intrigas políticas y enfrentamientos, Florencia fue para el propio Dante su particular infierno, purgatorio y paraíso. Por eso me pregunto si leer la obra en Florencia me permitirá comprenderla mejor, como si cotejara el texto antiguo con una ciudad moderna, o una ciudad cargada de historia y pasado con un texto vivo que sigue hablando siglos después…

Miro la extensa y dantesca bibliografía de esta obra. Se ha leído tanto y se ha escrito tanto durante tantos siglos, que me pregunto con qué sentido me lanzo a escribir y hablar de ella. Seré lector curioso, mas tal vez no discreto.

La primera vez que encontré a Saramago fue a finales de 1998 en una estantería de novedades de la biblioteca del colegio privado en el que estudiaba.  Recuerdo perfectamente que compartía espacio con una novela de Günter Grass y que tardé en decidirme… aquella novela era Todos los nombres y con ella empezó mi relación con José Saramago como lector.

Las primeras cuarenta o cincuenta páginas de Todos los nombres me resultaron un tanto tortuosas. El lector que comienza a leer a Saramago se encuentra con un estilo verdaderamente personal, marcado por uso particular de la puntuación, con un vaivén de palabras entre interlocutores cuando se leen los diálogos, pero al mismo tiempo con música, con ritmo, con una voz que inesperadamente se hace cercana y te habla al oído.

Luego llegó la universidad y Annette… que primero comprendió mi pasión por él y luego no tardó en contagiarse de la misma. Uno a uno fue regalándome sus libros en algo que con el tiempo se convirtió en un íntimo rito amoroso, porque el libro que llegaba casi todas las navidades y que me entregaba por aquel día significaba mucho más que un regalo…

En la primavera del año 2001 Saramago vino a presentar La caverna a Sevilla. Tengo en la mente la imagen de Persiles C. B. contagiado por mi pasión literaria por el escritor, y admirado por sus ideas de izquierdas, anti-globalización, por los derechos humanos…, que espera conmigo en aquella tarde lluviosa en la cola que se forma frente a la Librería Repiso una hora antes de que el autor empiece a firmar libros. Aquel fue el primer autógrafo que conseguí y la primera y única vez que lo saludé. Esa misma tarde fuimos a la conferencia que daba en la sala de Cajasol, y recuerdo claramente aquel marcado acento portugués, cadencioso, diciendo verdades sin alterar el tono ni la voz, creando unos silencios angustiosos cuando se callaba. Allí lo oí decir que el primer programa que tenía que tener todo partido político era la Declaración Universal de los Derechos Humanos…

Con los años tuve ocasión de oírlo en otras ocasiones: en el Aula Magna de Filología Hispánica de la Universidad de Sevilla, también con Persiles, sentados en las escaleras; o en una abarrotada sala de la Diputación de Sevilla… esa fue la última vez que lo vi.

José Saramago era un hombre alto y delgado, por momentos parecía serio y triste, como un quijote melancólico, pero tenía una sonrisa cargada de humanidad… Esto ha sido lo que en el fondo más he admirado del escritor, su humanidad tanto en sus gestos como en sus libros…

Humano… demasiado humano, incluso para equivocarse… Aunque me he sentido muy cercano al discurso de izquierdas de Saramago, especialmente en su defensa de los derechos humanos y de su crítica al poder, a la democracia y al sistema económico… no puedo entender que no haya querido ser un hombre independiente, al margen de cualquier partido, incluido el comunista… y es que para mí el gran error del pacifista fue abrazar al comandante Castro, abrazarlo no sólo física sino simbólicamente. Tan grande fue ese yerro que el propio Saramago intentó distanciarse con el tiempo…

He leído muchos de sus libros, y por suerte aún me quedan algunos importantes. Empecé con Todos los nombres (kafkiana historia del amor platónico de un funcionario), La caverna (probablemente una de sus mejores novelas), Ensayo sobre la ceguera (la obra que siempre recomiendo para entrar en su literatura), Cuadernos de Lanzarote, El hombre duplicado, Casi un objeto, Ensayo sobre la lucidez, Memorial del convento (posiblemente la mejor historia de amor del autor con los inolvidables Sietesoles y Sietelunas…), Las intermitencias de la muerte, Las pequeñas memorias, El viaje del elefante, Caín…

La literatura de Saramago estaba cargada de ironía y humor, de lucidez y crítica, de música y poesía, de humanidad… Y es que Saramago, como si fuera un dios…, sabía darle vida a sus personajes. ¿Cómo no invocar aquí a Encontrado, Cipriano Algor, José, Sietesoles, Caín, Subhro y Salomón..? Y las mujeres, sobre todo las mujeres, como Blimunda o la protagonista de Ensayo sobre la ceguera

Pero si tuviera que elegir una escena, solo una, de todo lo que he leído me quedaría con el final de La Caverna, cuando Cipriano Algor tiene que dejar lo que ha sido su mundo, su vida, su casa, su horno de alfarero y se despide de todo de esta manera tan poética y resignada:

La mañana de la partida apareció con el cielo grisáceo, había llovido por la noche, en la explanada se veían, aquí y allí, pequeñas pozas de agua, y el moral, para siempre agarrado a la tierra, todavía goteaba. Vamos, preguntó Marcial, Vamos, dijo Marta. Subieron a la furgoneta, los dos hombres delante, las dos mujeres atrás, con Encontrado en medio, y cuando Marcial iba a poner el coche en movimiento, Cipriano Algor dijo bruscamente, Espera. Salió de la furgoneta y dirigió los pasos al horno, Adonde va, preguntó Marta, Qué irá a hacer, murmuró Isaura. La puerta del horno fue abierta, Cipriano Algor entró. Poco después salió, venía en mangas de camisa y se servía de la chaqueta para transportar algo pesado, unos cuantos muñecos, no podría ser otra cosa, Quiere llevárselos de recuerdo, dijo Marcial, pero se equivocaba, Cipriano Algor se aproximó a la puerta de la casa y comenzó a disponer las estatuillas en el suelo, de pie, firmes en la tierra mojada, y cuando las colocó a todas, volvió al horno, en ese momento ya los otros viajeros habían bajado de la furgoneta, ninguno hizo preguntas, uno a uno entraron también en el horno y fueron sacando los muñecos al aire libre, Isaura corrió a la furgoneta para buscar un cesto, un saco, cualquier cosa, y las figurillas iban poco a poco ocupando el espacio frente a la casa, y entonces Cipriano Algor entró en la alfarería y retiró con cuidado de la estantería las figurillas defectuosas que había juntado, y las unió a sus hermanas correctas y sanas, con la lluvia se convertirán en barro, y después en polvo cuando el sol las seque, pero ése es el destino de todos nosotros, ahora ya no es delante de la casa donde las figurillas están de guardia, también defienden la entrada de la alfarería, al final serán más de trescientos muñecos mirando de frente, payasos, bufones, esquimales, mandarines, enfermeras, asirios de barbas, hasta ahora Encontrado no ha derribado ninguno, Encontrado es un perro consciente, sensible, casi humano, no necesita que le expliquen lo que está pasando aquí. Cipriano Algor cerró la puerta del horno, dijo, Ahora podemos irnos.

El último gesto de Cipriano Algor siempre me ha acompañado. Dudo mucho que en las últimas décadas se haya reescrito el tópico de la muerte como igualadora de todos (“allegados son iguales…”) de una manera más poética y cargada de simbolismo que esta. Ese ejército de figurillas de barro que esperará la lluvia y luego el sol, y luego quién sabe si otras manos que lo levanten y le den otra forma… Cipriano Algor como dios que sacrifica a sus propias criaturas, las estatuillas sanas y los muñecos defectuosos, todos iguales ante el día final.

¿De dónde tomó Saramago esta imagen? Aunque su imaginación era portentosa, su literatura beben más de lo que parece de su experiencia personal. Encuentro otro texto que conecta con este directamente y que muestra bien cómo era la mirada de Saramago:

Soy nieto de un hombre que, al presentir que la muerte estaba a su espera en el hospital a donde lo llevaban, bajó al huerto y fue a despedirse de los árboles que había plantado y cuidado, llorando y abrazándose a cada uno de ellos, como si de un ser querido se tratara. Este hombre era un simple pastor, un campesino analfabeto, no un intelectual, no un artista, no una persona culta y sofisticada que hubiera decidido salir del mundo con un gran gesto que la posteridad registraría. Se diría que estaba despidiéndose de lo que hasta entonces había sido su propiedad, pero su propiedad eran también los animales de los que vivía y no se acercó hasta ellos para decirles adiós. Se despidió de la familia y de los árboles como si todo fuese para él su familia.

Este episodio sucedió, fue real, no es fruto de mi imaginación. En muchos años jamás oí de boca de mi abuelo palabra alguna sobre árboles en general y esos en particular que no estuvieran motivadas por razones prácticas. Luego no podría esperar, nadie podría esperarlo, que la última manifestación consciente de la personalidad del viejo hombre tocara la línea de lo sublime. Y sin embargo sucedió.

Nunca podré saber qué pasó en el espíritu de mi abuelo en aquella hora extrema, qué pensó o sintió, qué llamada urgente encaminó sus pasos inseguros hasta los árboles que lo esperaban. Tal vez porque sabía que los árboles no se pueden mover, que están sujetos a la tierra por las raíces y de ellas no pueden separarse, a no ser para morir. En el fondo de su corazón tal vez mi abuelo supiera, de un saber misterioso, difícil de expresar con palabras, que la vida de la tierra y de los árboles es una sola vida. Ni los árboles pueden vivir sin la tierra, ni la tierra puede vivir sin los árboles. Incluso hay quien afirma que los únicos habitantes naturales del planeta son ellos, los árboles. ¿Por qué? Porque se nutren directamente de la tierra, porque la agarran con sus raíces y por ella son agarrados. Tierra y árbol, aquí está la simbiosis perfecta. [De “La despedida de Jerónimo Melrinho”, en Natura, suplemento de El Mundo, 11 de marzo de 2006]

Ha muerto Saramago, pero volverá con sus cenizas a Azinhaga y a mezclarse con las del Timanfaya.

El lunes acudí con Annette en su fugaz paso por Firenze a la exposición Uno sguardo nell’invisible (Una mirada a lo invisible) en el Palazzo Strozzi, dedicada a De Chirico, pero también con obras de Max Ernst, Magritte y Balthus, en las que había influido el pintor griego.

Descansado y con ánimo contemplativo, me fui sumergiendo en las arquitecturas de colores cálidos, las sombras y perspectivas tan marcadas, las figuras clásicas, las torres oscuras, las velas semiocultas tras muros y el vago recuerdo del quattrocento de De Chirico. Me sentí fortalecido cuando salí, como si aquellos colores me hubieran impregnado de fuerza…

De todos los cuadros hubo uno que me dejó especialmente impresionado: La condición humana (1933) de Magritte.

¿Por qué ese título? ¿Qué tiene este cuadro que ver con lo humano? ¿Habla de la condición humana como un doblez, como una realidad que se desdobla, con su verdad y con su falsedad? ¿Pero no es también una reflexión sobre la mímesis del arte? ¿Acaso es más verdadero el paisaje del fondo, enmarcado por una ventana, que su fiel reproducción en un cuadro? La condición humana como un problema de límites…

Dos días después leí cómo el afrancesado E. Vila-Matas trataba el mismo asunto que Magritte en Dublinesca. Hacia el final de la obra Samuel Riba visita la instalación de su amiga Dominique en Londres. El narrador se fija en un detalle (p. 273):

Llovía con especial fuerza y crueldad fuera de la instalación, al tiempo que dentro de ella unos altavoces se encargaban de reproducir artificialmente el sonido de la lluvia.

Esta reproducción artificial de la realidad, ¿resulta redundante o adquiere un sentido especial en su nueva delimitación? ¿Hay una intuición común detrás del cuadro de Magritte y la frase de E. Vila-Matas?

Hace años que no escribo un poema. Hace años que no escribo prácticamente nada. Después de aquel librito de La escalera del viento (2003) apenas sí he vuelto a la poesía. ¿Me abandonó la musa o la abandoné yo? No lo sé, pero me di cuenta de que lo mío tal vez no era la lírica, pese a mi empeño. No fue una decisión consciente, simplemente aquella expresión fue languideciendo dentro de mí poco a poco. El último poema que escribí hace ya dos años apareció en el Festival de Sevilla Foto de 2009. El otro día me sorprendí escribiendo unos versos en el tren a Pisa, pero fue solo el vago recuerdo de una vieja enfermedad.

Bien es verdad que después de aquel librito no dejé de escribir. Fue entonces que inicié los micro relatos del inacabado Ventanario. Inacabado, incompleto, no superado, como tantos proyectos… Durante los siguientes años escribí exclusiva y únicamente para mí, como terapia, aquel largo dietario, Cartas a A…, que acabó sepultado hace ya más de tres años.

Pero mientras mis compañeros de escritura, mis amigos, mi generación (por utilizar el término pedante…) han seguido su camino, creciendo, publicando, obteniendo premios, acumulando méritos, aumentado su “carrera literaria”, yo me he ido consumiendo en mi propia agrafía, en una especie de “Bartleby” como diría César V. o Vicente R. Serey. Aunque en realidad este mutismo ha sido producto de la destrucción e inacabamiento de lo poquísimo que he ido escribiendo, desarrollando con el tiempo una especie de temor ante la palabra propia. Un amor y un miedo paralelos y paralizantes.

¿Excesivo perfeccionismo? ¿Severa autocrítica o íntima flagelación psicológica? No ha sido por falta de ideas, ha sido por un duro autodescreimiento y una notable incapacidad de concluir el menor de los proyectos.

Jules Asimov

He llegado a Florencia con calma. Dispuesto a conquistar la ciudad poco a poco, como quien dilata el momento de la entrega para hacerlo más intenso y deseado. Florencia es un espectáculo monumental que me conmociona como ninguna otra ciudad. Paseo por sus calles, las voy descubriendo poco a poco, recreándome en casi cada edificio. Donde no hay un palacio, hay una iglesia, o una casa noble, una fachada soberbia, una placa dando cuenta de la historia intensa de esta comune di Firenza.

Siento que el suelo desprende una poderosa energía, difícil de explicar, pero que es capaz de alimentarme. El domingo me quedé atrapado en la Piazza di Santa Croce, sentado en un banco frente a la fachada principal, porque parecía que el cuerpo se prolongaba en forma de raiz bajo el suelo de la plaza.

Vista del río Arno en Florencia